Por Matthew Cardinale

ATLANTA, Estados Unidos, nov (IPS/IFEJ) - La posibilidad de una catástrofe ambiental lleva a muchos políticos, académicos y ciudadanos a reformular el paradigma, antes incólume, de una economía basada sobre el crecimiento constante.

Esto es así porque a sectores cada vez más amplios de la población, especialmente la de la mayor potencia mundial, Estados Unidos, les queda claro que tendrá que consumir menos recursos naturales para minimizar los peligros que amenazan de muerte al planeta.

La gran pregunta es: ¿cómo puede pasar Estados Unidos a una economía de “crecimiento cero” que se sustente y en la cual no aumente el desempleo? Si la población consume menos bienes y servicios, ¿eso significará menos trabajo en la industria manufacturera y en la venta y provisión de esos bienes y de servicios?

“Es una buena pregunta, porque en este momento afrontamos niveles insostenibles de consumo”, dijo para este artículo John Talberth, presidente del Centro para la Economía Sustentable. “Si no consumimos suficiente, toda la economía colapsa, y tenemos que cambiar.”

En ese sentido, el gobierno de Barack Obama promueve empleos “verdes” en la producción de energía de fuentes renovables, como la eólica y la solar, de modo de asegurarle a su país el mantenimiento de su competencia económica, al mismo tiempo que aborda problemas como el cambio climático.

Sin embargo, los empleos verdes avanzan sólo hasta cierto punto, principalmente reemplazando a los más sucios en los sectores del petróleo, el carbón y los reactores nucleares. Esto no alcanza para compensar la posible pérdida de trabajos que implica la reducción del consumo general en este país.

Muchos ciudadanos estadounidenses ya comienzan a reducir su consumo, aunque no necesariamente por una preocupación ambiental, sino por el terrible estado de la economía, la misma razón por la cual cada vez más restaurantes y comercios cierran sus puertas.

Cuando la gente compra menos, las autoridades de las ciudades, cuyos presupuestos dependen de impuestos a las ventas, reducen, a su vez, servicios como el cuidado de espacios públicos y los policiales.

PASARSE AL LOCALISMO

En las últimas décadas se ha constatado una tendencia mundial a la globalización, la centralización, la especialización y la producción masiva. El argumento económico para la centralización es la eficiencia: que menos personas produzcan más mercaderías. Esa práctica ha redundado en desempleo.

“El pasaje de industrias pequeñas a industrias de gran escala redujo la demanda de mano de obra”, observó Talberth.

“Hemos salido de tres décadas o más de concentrarnos en una política económica de globalización. Como sabemos, esto ha llevado a desestimar enormemente la base manufacturera estadounidense, y ha perjudicado a comunidades de todo el mundo. Si dejamos la globalización para pasar a la ‘localización’, crearemos una cantidad fantástica de nuevos empleos”, agregó.

Judy Wicks, fundadora de la Alianza Empresarial para las Economías Locales Vivas, describió la visión de una nueva modalidad de producción según la cual “los puestos dedicados a la fabricación de bienes innecesarios que se destinan a consumidores autómatas serán reemplazados por empleos valiosos que ayuden a construir la autonomía local”.

“La mayoría de nuestros alimentos son importados y procesados por grandes compañías en otros lugares. No sólo necesitamos apoyar a nuestros agricultores locales, sino también a los trabajos y empresas que distribuyen los productos frescos y procesan nuestros alimentos, para que los enlatados de nuestra tienda procedan de nuestra localidad”, añadió.

La masajista Gloria Tatum, de Decatur, en el sudoriental estado de Georgia, llegó a esa misma conclusión el año pasado, cuando la demanda de sus servicios se redujo. Fue entonces que decidió cultivar verduras en el jardín del frente de su casa. En 2008 cosechó más de la mitad de los alimentos que consumió, y espera llegar a las tres cuartas partes el año próximo.

Según Wicks, “esto significará más empresas y muchos más propietarios. La propiedad de las empresas se distribuirá de un modo mucho más amplio”.

Es decir que los beneficios del consumo comunitario llegarán más a las familias y menos a accionistas corporativos y a instituciones financieras, explicó. “La economía local coloca en el mercado productos realmente únicos y apoya la innovación local. Las dinámicas economías locales apoyan a sus artistas locales, a sus músicos, a su cultura local. Sus comunidades crean productos únicos que expresen la cultura local”, expresó.

“Puede ser un gran vino, un gran queso, una nueva moda… cualquier cosa que una comunidad cree, para que su economía cree cosas que celebren al ser humano y no a los productos básicos”, dijo Wicks.

INVERSIONES VERDES Y SOCIALES

“Nuestra economía debe crecer, pero nuestras inversiones deberían ser verdes. Se debería invertir en grande en mejoras a la eficiencia energética de los edificios y de las industrias, en energía eólica y solar, en transporte masivo”, dijo James Heintz, del Instituto de Investigaciones sobre Economía Política de la Universidad de Massachussets en Amherst.

“Una parte de esto sería la modernización de la infraestructura eléctrica nacional. La red está muy centralizada y es muy vieja. No puede adaptarse a la energía solar y eólica”, señaló.

“Todas estas inversiones crearán empleos y ayudarán a mantenerlos en las áreas de la economía que ya existen”, agregó.

El presidente Barack Obama y el Congreso legislativo de Estados Unidos aprobaron un paquete de estímulo incluido en Ley Estadounidense de Recuperación y Reinversión (ARRA, por sus siglas en inglés).

La norma prevé una inversión de unos 100.000 millones de dólares “para apoyar esta clase de inversiones verdes”, dijo Heinz. El experto consideró que esa ley “no sólo crea inversiones en empleos verdes”, sino que también dispone que ciertas instalaciones hoy en uso sean dejadas de lado “para que la economía avance hacia el futuro”, dijo Heintz.

“Los estándares de eficiencia energética para los edificios nuevos producen rédito con mucha rapidez, gracias al ahorro de energía. En cinco años se recupera la inversión”, aseguró.

Sin embargo, el dinero previsto por la ARRA para edificios energéticamente eficientes no alcanzará a todas las construcciones de Estados Unidos. Eso llevará al menos 30 años, dijo.

“Hay que crear incentivos ahora para que la economía pase a una clase de producción y consumo que mejoren mucho la eficiencia en el uso de los escasos recursos que tenemos, y le exija menos al ambiente de modo que los ecosistemas puedan asimilar la contaminación”, opinó Heintz.

La eficiencia energética también permitirá que las familias ahorren dinero, añadió.

Talberth, del Centro para la Economía Sustentable, sostuvo que Estados Unidos necesita, además, inversiones sociales.

TRABAJAR MENOS

Algunos sugieren que en un futuro la sociedad puede concluir que no es necesario ni deseable que toda la población económicamente activa trabaje tanto. Es decir, que se puede producir colectivamente todo lo que se necesita, con menos trabajo y menos empleados.

“Si tenemos a toda la población a salvo de la pobreza y el hambre, recibiendo atención médica y educación, no hay motivos para que todos deban trabajar 40 o 60 horas a la semana. Tiene que haber más tiempo dedicado al ocio”, dijo Talberth.

Según Wicks, “esto también significa que trabajemos menos”.

“Muchas veces la gente está desesperada por dinero porque quiere comprar toda esta basura. Tal vez si cambiamos nuestros valores no necesitaremos tanto dinero, y tampoco necesitaremos trabajar tanto”, dijo.

* Este artículo es parte de una serie producida por IPS (Inter Press Service) e IFEJ (siglas en inglés de Federación Internacional de Periodistas Ambientales) para la Alianza de Comunicadores para el Desarrollo Sostenible. (FIN/2009)

Por Maurice Strong*

BEIJING, 9 nov (Tierramérica).- El rápido e inesperado desastre económico que comenzó en Estados Unidos y se extendió por todo el mundo demostró que la globalización y la interdependencia tienen el dramático inconveniente de los riesgos compartidos y la vulnerabilidad.

Ello indica que debemos manejar esas crisis cooperativamente, sobre una base sistémica e integrada, en lugar de hacerlo de forma separada y a menudo de modo competitivo.

Algunos, sin embargo, todavía sostienen que sólo podemos enfrentar los riesgos del cambio climático y reparar los daños de la degradación ambiental después de haber arreglado la economía global. Esto es insensato.

Esperar a emprender acciones contra el cambio climático mientras se trata de remendar provisionalmente el actual modelo económico no haría más que exacerbar las inminentes amenazas contra nuestra civilización.

Será decisivo el papel de China en las negociaciones que se desarrollarán en diciembre en Copenhague entre los firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

En esa conferencia mundial deberán asumirse compromisos vinculantes y exigibles con penalidades para los incumplidores. Debemos aprender de los muchos acuerdos que los gobiernos se comprometieron a cumplir en el pasado, pero que rara vez honraron. Si hubieran cumplido con esas obligaciones no estaríamos en el estado actual de crisis.

China e India son ahora la principal fuente de incrementos en las emisiones globales de gases de efecto invernadero y están bajo fuerte presión para que acepten metas específicas.

Éstas y otras naciones en desarrollo insisten con toda razón en una mayor reducción de las emisiones en los principales países industrializados, que son primordiales responsables de la acumulación de gases invernadero que condujo al clima mundial al peligroso umbral en el que se encuentra.

Ello debe ser acompañado por compromisos para proporcionar ayuda a gran escala a las naciones en desarrollo, a fin de permitirles reducir sus emisiones sin perjudicar su crecimiento económico.

Un escenario optimista para Copenhague incluiría un acuerdo sobre un programa de seguridad climática o, por lo menos, los principales elementos de un plan de ese tipo, combinados con el establecimiento de un fondo para la seguridad climática.

Los países más desarrollados entregarían recursos para ese fondo de un modo proporcional a sus emisiones de dióxido de carbono y a su producto interno bruto (PIB). El fondo debería contar inicialmente por lo menos con un billón de dólares, una cifra mucho más allá de lo que las naciones industriales están dispuestas a considerar.

Es probable que ese monto sea considerado poco realista, particularmente a la luz de la crisis económica global. Sin embargo, la suma es menor a la del costo que le representan sólo a Estados Unidos las guerras en Iraq y Afganistán.

Tal nivel de financiación para el fondo exige innovadores recursos, como pagos por el uso de los bienes comunes globales, por ejemplo los océanos, la atmósfera y el espacio exterior, que no están bajo jurisdicciones nacionales, así como la aplicación de impuestos a los combustibles fósiles y otras fuentes de emisiones y la imposición de penalidades por incumplimiento de los objetivos de reducción de emisiones.

Una ayuda a gran escala a los países en desarrollo, acompañada por amplios programas que les permitan la obtención de créditos por su capacidad para reducir emisiones a más bajo costo que muchas naciones desarrolladas, ofrece la posibilidad de inversiones eficaces y económicamente ventajosas.

Las inversiones que hagamos para lograr la seguridad climática generarán nuevas oportunidades, tanto para las empresas como para los individuos que participen en el establecimiento de la nueva economía. De modo que, en sus orígenes como en sus soluciones, las crisis ambiental y económica están inextricablemente vinculadas.

La moralidad de nuestra civilización merece un triste comentario cuando se comprueba que se dedican más recursos para las actividades militares que para satisfacer las necesidades humanitarias y sociales y para proteger la viabilidad de nuestro planeta.

China y Estados Unidos en conjunto producen aproximadamente 40 por ciento de las emisiones globales de gases invernadero. Aunque todos los países deben cooperar para enfrentar el desafío del cambio climático, será esencial la cooperación de esas dos naciones.

China ha sobrepasado a Estados Unidos como la principal fuente de emisiones de carbono, pero está todavía muy por debajo en términos de contaminación por persona. Cada chino produce en promedio sólo un quinto de las emisiones de cada estadounidense.

Desde los albores de la revolución industrial, Estados Unidos ha generado más de 1,1 billones de toneladas de dióxido de carbono por la quema de combustibles fósiles, mientras que China produjo 300.000 millones de toneladas.

Somos la primera generación en la historia que tiene la capacidad y la responsabilidad de determinar el futuro de la vida en la Tierra. No podemos ser complacientes y creer que, hagamos lo que hagamos, la vida continuará.

Las condiciones que hacen posible la existencia tal como la conocemos han permanecido en un breve período de la historia de nuestro planeta y dentro de muy estrechos límites. Resulta evidente que los seres humanos están incidiendo sobre esos límites a una velocidad y a una escala que van más allá de nuestra capacidad para regularlos.

La humanidad está ante un real e inminente riesgo. Pero las perspectivas de éxito para enfrentarlo, aunque desafiantes, son también muy reales.

* Maurice Strong fue secretario general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano en 1972, primer director general del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y secretario general de la Conferencia de las Naciones

Por Julio Godoy*, enviado especial

TRANEBJERG, Dinamarca, nov (Tierramérica).- En la isla danesa de Samsø, ejemplo excepcional de autosuficiencia energética, hasta la leche vacuna ayuda a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, responsables del recalentamiento planetario. Samsø, apenas 114 kilómetros cuadrados habitados por poco más de 4.000 personas, está situada en la bahía de Kattegat, en el Mar del Norte, unos 120 kilómetros al oeste de Copenhague.

Su merecida reputación se debe a que genera toda la energía que consume mediante turbinas eólicas y paneles solares.

Desde que en 1997 Samsø ganó una competencia nacional para constituirse en comunidad prototipo en el uso de fuentes energéticas renovables, los samsingers, como se llaman sus habitantes, revolucionaron todos los aspectos de su vida cotidiana para contribuir a la eficiencia ambiental.

Esta búsqueda es tal que incluso la producción de leche vacuna es parte del sistema de aprovechamiento energético.

Al momento del ordeñe, la leche vacuna tiene una temperatura de unos 38 grados y debe ser enfriada inmediatamente a unos tres grados. Algunos productores lecheros de Samsø acoplaron al tanque colector un mecanismo de transferencia de temperatura para impedir que ese calor se disipe en el aire, lo que permite emplearlo en la calefacción de sus viviendas.

Por ahora, y a pesar de su ingenio, los ganaderos no tienen solución para el metano y otros gases invernadero generados por la digestión vacuna. Pero están estudiando el sistema aplicado en una granja modelo en la península de Jutlandia, que recicla los gases y desperdicios de la cría de cerdos y los emplea como fuentes de energía y fertilizantes para cultivar tomates.

Si bien la transferencia de calor de la leche vacuna a la calefacción hogareña es un componente marginal del sistema de generación energética de la comunidad de Samsø, ilustra los esfuerzos de la isla para mejorar su equilibrio con la naturaleza.

La pieza maestra del sistema son 11 turbinas de viento, que generan un promedio de 28.000 megavatios anuales, suficientes para suministrar electricidad a toda la comunidad, alimentar todo el servicio de transporte colectivo de la isla e incluso generar un excedente de 10 por ciento para vender a otras regiones danesas.

Los beneficios económicos de esa venta se reinvierten en el sistema local de energía renovable.

No es que los samsingers hayan desterrado los automóviles y otros medios de transporte tradicionales. Por ejemplo, los tres ferries que comunican la isla con tierra firme consumen 9.000 litros de petróleo por día. Aun así, Samsø vende más energía limpia al continente que la que compra en forma de combustibles fósiles.

La comunidad está dispuesta a experimentar con vehículos eléctricos. “Las distancias aquí son muy cortas, de menos de 50 kilómetros”, dijo a Tierramérica Søren Hermansen, director de la Academia de Energía de la isla y pionero de la revolución ambiental local.

“Si la batería de un automóvil eléctrico puede acumular energía para, digamos, 120 kilómetros, entonces se convierte en un acumulador, que nos permitiría no vender nuestra energía limpia y utilizarla aquí”.

Los agricultores han adaptado los motores de tractores y otros vehículos para que consuman etanol u otros combustibles destilados de la vegetación nativa, como la colza.

Samsø dispone asimismo de cuatro generadores a combustión de paja, abundante en el territorio. Los generadores son duales: producen calor y electricidad, lo que contribuye a aumentar su eficiencia. Muchos hogares han instalado paneles solares, calefacción geotérmica y calderas alimentadas con biomasa o madera tratada para eliminar las emisiones de carbono.

Al uso de energía renovable se añade la voluntad de los samsingers de reducir su consumo eléctrico.

Jytte Nauntoft, propietaria de una tienda de aparatos eléctricos en Tranebjerg, la ciudad más importante de la isla, dijo a Tierramérica que todos los hogares disponen del equipo necesario para la vida cotidiana, desde refrigeradores y lavadoras hasta televisores. “Pero como la electricidad es muy cara, la gente aquí compra los modelos más básicos y más eficientes”, explicó. Este complejo sistema de generación y de ganancias de eficiencia llevó a la isla de ser 100 por ciento dependiente del petróleo y del carbón en 1997, al principio del experimento, a ser energéticamente autárquica en 2003, utilizando sólo recursos renovables. Desde 2007, tampoco emite gases de efecto invernadero.

La certificación del balance energético estuvo a cargo de la estatal agencia danesa de la energía y de la consultora Planenergi, coautoras de la evaluación de 2007.

Esos logros se evalúan según la densidad energética, que mide la cantidad de energía ideal a generar por unidad de área. Para el caso de Samsø, esta densidad debe ser de por lo menos dos vatios por metro cuadrado.

“Samsø alcanzó esta densidad a finales de 2008”, dijo Hermansen a Tierramérica.

El éxito del experimento es tal que la isla es visitada frecuentemente por funcionarios de gobiernos extranjeros, expertos ambientales, periodistas y estudiantes de todo el mundo.

Así llegaron un grupo de visitantes del foro de la Organización Global de Legisladores para el Equilibrio Ambiental (Globe), que se celebró el 24 y 25 de octubre en Copenhague con el fin de reforzar el impulso político a un tratado climático que debería alcanzarse en diciembre, en la misma capital de Dinamarca.

En el encuentro de Globe participaron parlamentarios del Grupo de los Ocho países más poderosos (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón y Rusia) y las naciones emergentes Brasil, China, India, México y Sudáfrica, Australia, Corea del Sur y la anfitriona Dinamarca.

Hermansen relató a Tierramérica que, en una reciente visita a Samsø, el embajador de Egipto se quejó de que la isla era muy pequeña para constituirse en ejemplo mundial.

“¡Cuatro mil habitantes! Esta isla representa menos de tres bloques de viviendas de El Cairo”, dijo el diplomático, a lo que Hermansen respondió: “Usted no tiene que revolucionar todo el sistema energético egipcio de inmediato. Quizás debería empezar por reformar tres bloques de viviendas en El Cairo”.

Aparte del sistema energético samsinger, Hermansen también transformó el famoso lema ecologista: “Piensa globalmente, actúa localmente”.

“Lo que cada uno de nosotros tiene que hacer es pensar en términos ambientales locales, y actuar localmente. El resto se resuelve por sinergias”, señaló.

Jörgen Tranberg, uno de los productores que utiliza el calor de la leche de sus 150 vacas para calentar su casa, desarrolla la idea de Hermansen.

“Cada lugar tiene sus particularidades. Dado que en Noruega abundan las cataratas, los noruegos generan mucha electricidad con represas. En Samsø siempre hemos quemado la paja, que abunda en la isla. Pero antes la quemábamos al aire libre. Hoy la quemamos en calderas altamente eficientes”, dijo Tranberg a Tierramérica.

El productor agropecuario apuntó que es necesario ver más allá del precio aparente de los combustibles. “A primera vista, los combustibles más baratos son el petróleo y el carbón. Pero ambos tienen muchos costos ocultos, no expresados en el precio del mercado”, agregó.

Uno de los factores que contribuyó a hacer de Samsø un éxito es la participación de los habitantes. Según Hermansen, cuando el proceso comenzó en 1997, él ya estaba convencido de sus posibilidades.

La clave, se dijo entonces, era convencer a la comunidad de participar económicamente en la revolución. Y funcionó. Hoy, los habitantes son propietarios privados de las turbinas eólicas, de los paneles solares y del sistema de calefacción comunal de Samsø.

* Corresponsal de IPS.

Por Wangari Maathai*

NAIROBI, 2 nov (Tierramérica).- Resulta evidente que el cambio climático plantea severos riesgos ambientales, económicos y sociales. Pero también presenta un desafío nunca visto al conjunto de los dirigentes mundiales.

¿Podrán los gobernantes hacer frente a ese reto cuando se reúnan en Copenhague en diciembre para negociar un nuevo acuerdo internacional sobre el problema climático?

La concesión del premio Nobel de la Paz al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ofrece esperanza y representa un estímulo.

Desde que asumió la Presidencia, en enero de este año, Obama ha demostrado buena disposición para emplear el enorme poder de su país en el esfuerzo de forjar un mundo más pacífico; ha enfatizado la importancia de la cooperación internacional, del compromiso diplomático y del respeto mutuo. Según su visión, todo es posible para quien está decidido a superar obstáculos.

Todos esos principios son esenciales para resolver el desafío climático.

Las realidades del calentamiento global plantearán exigencias sin precedentes a todos los países, tanto a causa de los millones de refugiados económicos y ambientales que llegarán a las playas de las naciones ricas, como por el deterioro de los bosques y de los sistemas agrícolas y la amenaza de hambrunas masivas entre los pobres.

Sabemos que el cambio climático no afectará a todos por igual. Los más pobres, los más viejos, los más jóvenes, las mujeres, los que viven a lo largo de las costas o en regiones áridas y quienes dependen directamente de la tierra para su subsistencia sentirán mucho más sus efectos.

Pruebas de los graves efectos del cambio climático llegan a diario, especialmente en regiones ya vulnerables. En mi propio país, Kenia, una prolongada sequía ha provocado que unos 10 millones de personas –casi un tercio de la población–, necesiten ayuda alimentaria. Las cosechas se perdieron y el ganado, sin agua o forraje, está muriendo.

La vida natural, columna vertebral de la industria turística de Kenia, está también muriendo por el descenso del caudal de los ríos, mientras la falta de agua afecta las praderas. El hambre y la sed elevan la mortalidad de niños y ancianos.

En países como Guatemala, las lluvias insuficientes y el empobrecimiento de los suelos han devastado las cosechas de maíz y frijoles. Miles de personas sufren ahora una emergencia alimentaria. En otro extremo del mundo, en India y Bangladesh, así como en África occidental, especialmente en Níger, las lluvias excesivas originaron inundaciones calamitosas que mataron a miles de personas.

El problema climático es un reto fundamental para el liderazgo mundial, que reclama dirigentes honestos y de principios, visionarios y prácticos, que transmitan la urgencia de las tareas a emprender y preparen a sus pueblos para afrontar las duras alternativas e inevitables sacrificios que implica poner freno al calentamiento global.

Esos dirigentes deben instrumentar políticas efectivas en beneficio de las actuales y las futuras generaciones, y dejar de lado las soluciones de rutina o conducentes sólo a obtener ventajas políticas de corto plazo.

Esa dirigencia debería pedir a sus propios pueblos la misma lealtad, transparencia, equidad y justicia que debe exigirse a sí misma.

Pero los países industriales y los países en desarrollo tienen responsabilidades divergentes en relación a la crisis climática. África, por ejemplo, ha contribuido en apenas cinco por ciento a la emisión de gases invernadero que están calentando al planeta.

Por lo tanto, los países industrializados tienen la obligación no sólo de reducir notablemente sus emisiones de gases invernadero, sino asimismo de comprometerse a asistir a las naciones más pobres para que puedan adaptarse a los impactos climáticos y emprender políticas de desarrollo que no sean nocivas para el planeta. Ese es el camino hacia la justicia climática.

También los gobernantes de los países en desarrollo debe enfrentar el desafío; muchos de ellos han pasado por décadas de malas administraciones o descuido del ambiente, y las actuales políticas siguen siendo muy inadecuadas.

Algunos gobiernos han tolerado o incluso facilitado el saqueo de bosques y selvas, la degradación del suelo y prácticas agrícolas insostenibles. Todo ello amplió la probabilidad de que las lluvias estacionales no sean normales, de que la capa fértil del suelo se erosione y de que se desertifique la tierra. Estas condiciones llevan al crecimiento de la pobreza e incentivan conflictos desesperados y mortales por los escasos recursos que quedarán.

En un mundo así, la paz es esquiva y los recursos que deberían destinarse a proteger el ambiente se emplean para hacer frente a los conflictos y a la inseguridad general.

Es mucho lo que está en juego como para seguir tolerando maniobras dilatorias o políticas arriesgadas e imprevisoras. Si fracasamos ahora, las futuras reuniones cumbres deberán concentrarse en paliar los costos en vidas humanas y recursos que traerá aparejados la crisis climática.

El premio Nobel de la Paz da a Obama una mayor oportunidad para alentar al mundo hacia la curación de viejas y nuevas heridas y a aprender a coexistir en paz. Cuando acepte el galardón, el 10 de diciembre, la conferencia mundial sobre el clima en Copenhague ya estará en marcha.

Esta es la gran ocasión para que los líderes mundiales demuestren que entienden la naturaleza singular del desafío y que están preparados para afrontarlo. Ha llegado la hora de las decisiones. El cambio climático no exige nada más y nada menos.

* La autora recibió el premio Nobel de la Paz en 2004, es fundadora del Green Belt Movement y cofundadora de la Iniciativa de las Mujeres Premio Nobel. Derechos exclusivos IPS.

Por Fabiana Frayssinet*

BARRA MANSA, Brasil, oct (Tierramérica).- Desde hace 43 años, los biólogos Edna y Luiz Toledo no saben lo que es salir a esperar el camión recolector de basura. Su casa de tres plantas está construida con ella desde el piso hasta el techo, y hasta lo más despreciable para otros es considerado aquí una materia prima noble.

Edna nos da la bienvenida a su “Casa de Reciclados” en el municipio de Barra Mansa, a unos 150 kilómetros de Río de Janeiro, con un desayuno que incluye una jalea elaborada con cáscaras de banana, otra con pulpa de calabaza, y un budín con tallos de “couve” (col).

Los restos del desayuno van a un recipiente de cerámica, “descompostera”, creado por Luiz, donde la basura orgánica se descompone sola hasta convertirse en fertilizante natural para la huerta orgánica.

Un pájaro de reluciente plumaje blanco y negro picotea los gusanos de ese abono para alimentar a sus pichones.

¿Qué parte de la casa no es basura?, interroga Tierramérica. “¿Basura?”, exclama Edna entre asombrada y ofendida. “Aquí nada es basura. Todo se aprovecha”.

Fue Luiz quien, preocupado por lo que se desperdiciaba en los hogares y por el enorme déficit de vivienda de este país, tuvo la idea de construir barato con las sobras reciclables.

Así comenzaron a comprar escombros de demoliciones, botellas, vidrios rotos, envases plásticos, papeles, cartones, envases de leche, tapitas, latas.

Lo que parecía la utopía de “un loco” en tiempos en que nadie hablaba de recalentamiento planetario, contaminación o emisión de gases de efecto invernadero de los basureros públicos, se hizo realidad. Una realidad de tres pisos y que es la casa donde viven.

Al comienzo da la sensación de estar en la casita de golosinas del cuento de Hansel y Gretel. Pero aquí los ladrillos son botellas de plástico que alguna vez contuvieron deliciosos refrescos, y los envases de chocolates y caramelos forman bandas de celofán trenzadas en cortinas para espantar insectos.

En el jardín, el “puente de los suspiros”, hecho de escombros y columnas de botellas de vidrio que reflejan el sol matinal cruza un bucólico estanque de aguas transparentes. En realidad son aguas tratadas del sistema cloacal.

El piso del garaje externo está revestido con restos de neumáticos para asegurar la tierra cuando llueve.

Lo único que la pareja erigió con materiales de construcción tradicionales son las vigas y pilares que constituyen la estructura de la vivienda, por una cuestión de seguridad, pero no se descarta que el prolífico inventor descubra cómo sustituir el hormigón armado. El resto, 90 por ciento de la casa, es de materiales reciclados. Las paredes fueron realizadas con una mezcla de escombros, arena y poco cemento, que sustituye los ladrillos.

Luiz experimentó diversas técnicas y materiales para evitar el revoque de los muros. Algunos llevan una mezcla de estiércol de cordero –alimentado sólo con leche, advierte un cartelito–, otros tienen cartones reciclados o restos de poliestireno expandido.

Los revestimientos son de botellas de colores. Los azulejos y varios maravillosos mosaicos con formas de animales se hicieron con trozos de vidrios rotos. La figura de un faisán contiene todos los colores de los envases etílicos.

El biólogo también investigó en variedades de techos: los hay de una mezcla de agua, hojas secas y restos de papel carbónico, mientras otros llevan tejas elaboradas con una pasta de envases de cartón de leche.

Algunos pisos se hicieron con recortes de mármol desechado por la industria, y otros con tapitas de plástico y botellas.

Los materiales empleados tienen una ventaja de confort adicional pues son buenos aislantes, y la casa es mucho más fresca que otras.

Barata, estéticamente bella, práctica y además autosustentable, su costo fue 70 por ciento inferior al de una vivienda con materiales de construcción tradicionales.

Es lo que el arquitecto William Monachesi, de visita en la Casa de Reciclados, llama “arquitectura espontánea”, una tendencia mundial en la cual “personas con necesidades específicas de vivienda toman la iniciativa de construir sus propias habitaciones, principalmente con material reciclable”.

La casa recibe casi diariamente a interesados en este tipo de técnicas.

El matrimonio organizó una cooperativa de recolectores de basura de la zona de Volta Redonda, también en el estado de Río, y compra todo lo que a los vecinos les sobra. Luego “lo vendemos en el mercado. El sistema es autosustentable”, subraya Edna.

Una vecina pobre y viuda ya consiguió adquirir su heladera y su televisión, además de poder mantener a sus hijos, añade Luiz.

Cuando ellos llegaron al barrio, se registraban 12 casos de dengue por año. Desde que se mudaron no hay más, relata Edna. Al comprar a los vecinos latas, tapas y neumáticos, éstos “vaciaron sus patios” de recipientes con agua donde se multiplican los mosquitos transmisores de la enfermedad, explica.

Los objetos de decoración también provienen de la basura: ventiladores y cafeteras rotas que ellos transforman en lámparas, o restos de espejos, cerámicas, estatuillas, que en esta casa lucen como en una revista de arquitectura.

Luiz nos lleva a su proyecto más nuevo, en un terreno contiguo situado en la cima del cerro donde vive y al que se llega a través de una suerte de rampa construida con restos de madera y hierro.

Es el Condominio Rural Ecológico Integrado Autosustentable, una suerte de villa de 20 casas, con espacios compartidos, cocina y servicio de limpieza comunes, construido también con residuos.

Ya está construido el parque de juegos, que incluye una piscina cubierta de mosaicos de motivos marinos con pequeñas piezas de botellas de vidrio y alimentada con agua de una vertiente natural.

Las viviendas tendrán también un sistema de tratamiento de aguas servidas. Los restos sólidos se trasformarán en abono para una huerta comunitaria y los líquidos serán recuperados para la descarga de los baños y para regar el jardín y el huerto.

El propósito es vivir según su filosofía “solidario-ecológica”, dice Luiz. Por eso sólo aceptarán en la villa a quienes se adhieran a ella y entiendan que aquí lo único desechable es el cubo de basura.

* Corresponsal de IPS.

Por Marcela Valente

BUENOS AIRES, 23 oct (IPS) - Con casi 5.000 acciones en 179 países, la sociedad civil reclamará este sábado a los gobiernos del mundo un nuevo protocolo de cambio climático que defina un límite a las emisiones de dióxido de carbono que puede tolerar la atmósfera, a fin de evitar impactos ambientales dramáticos.

En Bolivia, activistas viajarán a la cumbre de Chacaltaya, la montaña donde estaba el glaciar que se derritió por el recalentamiento global. En la Zócalo de la ciudad de México, el emblemático paseo, y en la histórica Plaza de Mayo de Buenos Aires están previstas manifestaciones. Y de la austral ciudad argentina de Ushuaia saldrán embarcaciones con pancartas para cruzar el canal de Beagle.

Son sólo algunas de las 500 acciones que se realizarán en la región este sábado, declarado por los organizadores Día Internacional de Acción Climática.

La campaña, que tiene el aval de Rajendra Pachauri, presidente del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por su sigla en inglés), se llama “350″ que es el número de partes por millón (ppm) de dióxido de carbono (CO2) que puede absorber la atmósfera sin graves alteraciones del clima.

Actualmente, en la atmósfera se concentran 390 ppm de CO2 que provoca el llamado efecto invernadero, y la proyección indica que esa concentración está aumentando dos ppm por año. El IPCC creía en 2007 que el número de emisiones debía estabilizarse en 450 ppm, pero ahora su presidente admite que eso no bastará y apoya la campaña 350.

En diálogo con IPS, el ecuatoriano Pablo Astudillo, coordinador de la campaña en América Latina, explicó que “el objetivo de esta iniciativa es lograr que, por medio de la opinión pública, los gobiernos acepten que el nuevo protocolo de cambio climático debe establecer el límite máximo de emisiones en 350 ppm de CO2″.

Para eso, las organizaciones de la sociedad civil, comunidades o individuos inscriben en un sitio de Internet las acciones que se comprometen a realizar en el día de la campaña, de manera de llamar la atención en todo el mundo sobre esta voluntad no gubernamental de poner un límite seguro a las emisiones.

“Los científicos del IPCC están apoyando esta iniciativa porque admiten que ese nivel es el máximo que soporta la atmósfera para frenar el cambio climático”, comentó Astudillo. También académicos de la estadounidense Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) señalan que para evitar catástrofes ambientales es necesario bajar las emisiones a ese nivel.

Según el científico James Hansen, de la NASA, el nivel máximo debería ser incluso más bajo, de 300 ppm. Añade que el nivel de 350 ppm permitiría apenas detener el derretimiento de los hielos del círculo Ártico, pero para su restauración, dado que perdió cerca de 80 por ciento de superficie, se debe bajar a 300 ppm.

El recalentamiento de la atmósfera provoca el derretimiento acelerado de los casquetes polares y de los glaciares, el aumento del nivel del mar, que amenaza la supervivencia de pequeños estados insulares, y trae también inundaciones, tormentas más frecuentes e intensas y sequías, con su secuela de hambre y aumento de las migraciones.

Los países parte de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático se reunirán en diciembre en Copenhague, en su XV Conferencia, a fin de firmar un nuevo acuerdo que renueve los compromisos de reducción de emisiones de CO2 asumidos en el Protocolo de Kyoto, que llegan hasta 2012.

Pero los observadores señalan que las negociaciones para un acuerdo están estancadas. “Las posiciones de los países están muy dispersas”, lamenta Astudillo.

Los únicos que respaldaron la campaña 350 en bloque son los que integran la Alianza de Estados Insulares y los países menos desarrollados, precisó. El resto está disperso, sin propuestas que logren atraer un consenso, remarcó.

Esto se advirtió en la reunión de septiembre en Bangkok, en la que los delegados no lograron alcanzar un acuerdo y decidieron volver a reunirse en noviembre en Barcelona. “Hay un borrador pero es muy amplio, con demasiados párrafos entre corchetes que reflejan las distintas posiciones”, alertó.

Justamente, para Astudillo, esa es la diferencia principal con las negociaciones que precedieron la firma del Protocolo de Kyoto en 1997.

Entonces, Washington ponía trabas para comprometerse con la reducción de emisiones y de hecho nunca ratificó el acuerdo. “Ahora no es que se esté boicoteando un acuerdo desde Estados Unidos, pero hay muchas divisiones entre los países y no se logra llegar a un consenso”, dijo. (FIN/2009)

Cuando en la década de 1930 se publicaron los primeros indicios de calentamiento global desde el siglo XIX, no se los relacionó con la actividad industrial, sino con las variaciones de la órbita terrestre. Algo que se corrigió poco después, en el 1938, cuando el ingeniero especialista en vapor, Guy Stewart Callendar, enunció la realidad del calentamiento global, atribuyéndolo a la quema de combustibles fósiles, que creaba grandes cantidades de dióxido de carbono (CO2). Sin embargo, recién hacia 1950, algunos científicos, estadounidenses principalmente, usando los nuevos instrumentos de recogida de datos atmosféricos y las primeras computadoras de propósito general procuraron verificar la hipótesis de Callendar. Lo curioso fue que esta investigación fue posible gracias a la repentina abundancia de fondos de los organismos dependientes del Ministerio de Defensa y de las fuerzas militares estadounidenses, que veían a la climatología y el estado de los mares y océanos como dato clave para controlar lo mejor posible el curso de la Guerra Fría.

Gracias a esos esfuerzos iniciales, hacia 1960 se descubrió la posibilidad de que se estuviese produciendo un calentamiento global y que el aumento de la concentración de dióxido de carbono fuese una de sus principales causas. En esa década aparecen los primeros modelos matemáticos del clima, muy sencillos y elementales al principio, y por lo general diseñados para las predicciones meteorológicas a muy corto plazo y muy locales. Pero al aumentar el poder de cálculo de las computadoras y lanzarse la primera generación de satélites meteorológicos, empieza la transición a gran escala de la climatología cualitativa a la cuantitativa. Desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente científico climático. Sobre todo desde 1988, cuando se conformó el famoso IPCC, por sus siglas en inglés, que es el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, un organismo establecido por la Organización Metereológica Mundial y la agencia de la ONU para el medio ambiente a fin de recopilar la información científica, técnica y socioeconómica relevante para entender el cambio climático, sus impactos potenciales y las opciones para adaptarse a él o mitigarlo. Desde su creación el IPCC ha publicado cuatro informes de evaluación, en 1990, 1995, 2001 y 2007, Informes Especiales, Documentos Técnicos y Guías Metodológicas, que son utilizadas por responsables de políticas, científicos, otros expertos y estudiosos y cualquier interesado. Todo lo cual les valió ganar el premio Nobel de la Paz el 2007, junto a Al Gore, por sus aportes ambientales. El informe del 2007 del IPCC confirma que el cambio climático ya está entre nosotros, fundamentalmente causado por las actividades humanas; ilustra los impactos del calentamiento mundial que está ya acaeciendo y del que previsiblemente está en ciernes, y el potencial de adaptación de la sociedad para reducir su vulnerabilidad; y, por último, ofrece un análisis de los costos, políticas y tecnologías que traerá aparejada una limitación de la magnitud de los cambios futuros.

Raúl Chacón Pagán, con la colaboración de Paola Quiroz, estudiante de comunicación social UNMSM.
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Por Julio Godoy*

BERLÍN, 19 oct (Tierramérica).- La captura y almacenamiento subterráneo de gases de efecto invernadero, en especial de dióxido de carbono, es un dudoso método para reducir la contaminación causante del recalentamiento planetario, advierten especialistas.

Científicos, ambientalistas y comunidades siguen objetando este método que consiste en comprimir y licuar el dióxido de carbono antes de enviarlo a depósitos en la litosfera terrestre, y que se aplica hace tiempo para recuperar petróleo y gas en yacimientos en extinción.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) se ocupó de estas técnicas en 2007 y especialmente en 2005, cuando su Grupo de Trabajo III publicó un trabajo de 443 páginas.

Así, el gobierno federal alemán se vio obligado a frenar este verano boreal el proceso para aprobar una ley autorizando el secuestro y depósito de carbono en el territorio nacional, ante al descontento manifestado por las comunidades de las regiones escogidas preliminarmente para experimentar la técnica.

Tales manifestaciones han sido alimentadas por dictámenes científicos y de organizaciones ecologistas. Ya en 2006, la geóloga Gabriela von Goerne, de la filial alemana de la organización Greenpeace, advirtió que estas técnicas podían utilizarse como “última solución” en la lucha contra el recalentamiento global.

“El objetivo prioritario para mitigar el cambio climático debe ser la reducción de emisiones de dióxido de carbono en su origen”, dijo Von Goerne a Tierramérica. Esto implica abatir sistemáticamente el uso de combustibles fósiles –principales emisores de dióxido de carbono– en las actividades humanas.

“Al reducir el consumo de combustibles fósiles, la demanda se orienta naturalmente hacia fuentes energéticas que no producen dióxido de carbono, como la energía solar, eólica e hidráulica”, señaló Von Goerne.

En cambio, el uso masivo de la captura y almacenamiento de carbono constituiría un estímulo para continuar usando combustibles fósiles, y sería un obstáculo a la expansión de las fuentes de energías renovables y limpias.

“Además, es cara y consume mucha energía, lo que reduce su eficiencia”, añadió Von Goerne.

Los costos de capturar y almacenar carbono son variados. En las generadoras eléctricas a carbón u otros combustibles fósiles, la captura y compresión del dióxido de carbono es relativamente simple.

Pero, como los lugares previstos para el almacenamiento del gas raramente están cerca de los generadores, es necesario instalar una red de tuberías que transporte el gas licuado desde la fuente hasta el depósito.

“Sólo imaginar tal red de tuberías atravesando Alemania es absurdo”, opinó Von Goerne.

El dióxido de carbono también puede extraerse de los combustibles antes de la combustión, o bien ésta debe producirse en una atmósfera a la que se inyecta oxígeno puro y que sólo genera dióxido de carbono y agua. En ambos procesos, el dióxido de carbono debe ser comprimido y licuado para permitir su transporte.

En todos los casos, la captura de este gas consume mucha energía, reduciendo la eficiencia del proceso. En 2005 el IPCC estimó que el secuestro y compresión de dióxido de carbono aumentaría entre 25 y 40 por ciento el consumo de combustible en una central térmica a carbón.

Un tercer argumento contra esta técnica es geológico: prácticamente todos los expertos, e incluso operadores de depósitos a prueba, coinciden en que el almacenamiento de dióxido de carbono puede provocar fugas de gases y movimientos telúricos, con consecuencias ambientales imprevisibles.

Un coloquio sobre el tema celebrado en febrero en París, con participación de expertos franceses y británicos, incluyó entre las dificultades que enfrenta la captura y el almacenamiento de carbono, los “riesgos ambientales y problemas de aceptación relacionados”.

Es posible que se produzcan fugas de dióxido de carbono de esos depósitos, que “pueden contaminar ecosistemas y afectar la salud humana”, dijo a Tierramérica Sophie Galharret, del francés Institut du Développement Durable et des Relations Internationales (Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales).

“Actualmente es muy difícil concebir una forma de manejar tales riesgos en el debate público para apoyar una aplicación masiva de captura y almacenamiento de carbono”, agregó Galharret, que participó del debate.

El hecho de que el gobierno alemán no haya aprobado la ley específica constituye un ejemplo de tales dificultades.

Noruega, segundo productor mundial de gas natural, suministra 17 por ciento del consumo europeo y dispone desde 1996 de un sistema experimental de captura y almacenamiento de dióxido de carbono, con depósitos en el mar del Norte.

Según Brian Bjordal, director de la empresa estatal noruega Gassco, que coordina la distribución de gas desde los pozos de su país hacia el resto de Europa, Noruega puede compararse con un trapecista, y el resto del continente con el público del circo.

“En el circo, el público incita al trapecista a saltar. Pero si estuviera en lugar del trapecista, el público no saltaría”, dijo Bjordal a Tierramérica, ilustrando su propia incertidumbre sobre la inocuidad de estos métodos.

Según Galharret, hay otro argumento en contra: la posibilidad de fracaso. Y esto va asociado a un factor clave, la presión del calendario para reducir las emisiones contaminantes.

“Si el uso comercial de la captura y almacenamiento de carbono falla por razones técnicas o económicas, sólo lo sabremos entre 2015 y 2020. En caso de fracaso, Europa dispondrá de muy poco tiempo para readaptar su estrategia de reducción de emisiones”, planteó.

* Corresponsal de IPS.

Por Marchan Macan-Markar

BANGKOK, 12 oct (IPS) - “Me quedé un poco asustada”, dijo la jefa de la Alianza de Pequeños Estados Insulares (AOSIS, por sus siglas en inglés), Dessima Williams, al evaluar la conclusión este mes de las negociaciones sobre cambio climático en la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

“Nuestros temores tienen que recibir más atención”, añadió.

Su opinión refleja claramente el miedo que existe entre los 43 países que integran ese grupo a un aumento en el nivel del mar causado por el recalentamiento planetario.

Para algunas naciones insulares, como Maldivas, un aumento el nivel del océano Índico sencillamente podría causar su desaparición del mapa.

Estos temores fueron expresados en una reunión del grupo, junto a otros negociadores sobre recalentamiento planetario, celebrada en Bangkok como preparación a la 15 Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se realizará en diciembre en Copenhague.

“Estamos en la línea de frente del daño causado por el cambio climático”, dijo Williams, representante permanente ante la ONU del caribeño estado insular de Granada. “Estamos haciendo sonar la alarma por nuestras amenazas”.

“Si quieres ver el futuro, presta atención a nuestras amenazas”, afirmó durante una entrevista. “Esto es lo que hemos estado diciendo, y lo seguiremos diciendo en Copenhague”, añadió.

De hecho, los negociadores que se reunieron en Bangkok vieron una vez más comprobados sus temores cuando, el 28 de septiembre, poco después de que comenzaran las conversaciones, el estado insular de Samoa, miembro de la AOSIS, fue sacudido por un tsunami que mató a 143 personas y afectó a otras 6.000 en comunidades arrasadas por una pared de agua de cinco metros de alto.

Esto explica por qué los negociadores de la AOSIS han respondido con sobresalto a la intención de las naciones industrializadas de renegociar las metas de reducción de gases invernadero, causantes del recalentamiento planetario.

“Los estados isleños amenazados expresaron alarma, y sugirieron que la cumbre en Copenhague no producirá ningún resultado legal vinculante para reconstruir el actual régimen climático internacional”, señaló AOSIS en una declaración al término del encuentro en Bangkok, la semana pasada.

Esta preocupación se debe principalmente a la confusión creada por los negociadores del Norte industrializado sobre lo que significa para ellos el Protocolo de Kyoto y cuál será su destino realmente.

Negociadores de la Unión Europea aprovecharon el encuentro en Bangkok para llamar a una “nueva y única arquitectura” sobre cambio climático que incluya los principios de Kyoto y emerja de la reunión en la capital danesa.

“Estamos hablando sobre la arquitectura del Protocolo de Kyoto con todos sus compromisos legalmente vinculantes”, aseguró a periodistas Anders Turesson, jefe negociador de Suecia. “Necesitamos un hogar para Kyoto en un nuevo acuerdo”.

Pero representantes de AOSIS y de otras naciones del Sur alertaron que esas iniciativas podrían en realidad socavar los compromisos hechos bajo ese Protocolo, que entró en vigor en 2005.

Un instrumento alternativo al Protocolo de Kyoto sin regulaciones internacionales podría darle luz verde a las naciones industrializadas para eludir su obligación de reducir sus emisiones de gases que recalientan la atmósfera.

El primer período de compromisos del Protocolo obliga a los 37 países industrializados que lo ratificaron a reducir sus emisiones de gases invernadero a volúmenes 5,2 por ciento inferiores a los de 1990, en un plazo que acaba en 2012

La reunión de Copenhague en diciembre tiene el objetivo de acordar un segundo plan de reducción de emisiones que regirá de 2013 a 2020.

En las conversaciones en marcha, algunos de los países más ricos han aceptado recortar sus emisiones entre 15 y 23 por ciento para 2020, una meta muy lejana de lo que se necesitaría (entre 25 y 40 por ciento). Noruega es una excepción, pues prometió en Bangkok disminuir 40 por ciento sus emisiones de gases invernadero respecto de los niveles de 1990.

Pero muchos países industrializados todavía tienen que alcanzar sus metas de 2012. Estados Unidos, el mayor contaminante con unas estimadas 20 toneladas de dióxido de carbono por habitante, ha permanecido fuera del Protocolo.

La falta de un claro progreso en asegurar el cumplimiento de las metas del Norte industrializado para 2020 llevó a John Ashe, diplomático que dirige el grupo negociador sobre los compromisos de Kyoto, a hacer un comentario mordaz: “Seremos el hazmerreír el 19 de diciembre si no cerramos la brecha”.

Pero no será nada gracioso para los estados insulares, cuyos negociadores admitieron que procuraban metas ambiciosas para impedir que las temperaturas del planeta crezcan más de 1,5 grados para 2050 respecto de los niveles pre-industriales, y así evitar desastres naturales en las naciones isleñas.

La AOSIS realizó este llamado en la reunión de Bangkok, como lo hizo en la conferencia sobre cambio climático celebrada en Nueva York.

El grupo alerta que muchos países insulares podrían desaparecer si los negociadores fijan el límite del aumento de las temperaturas hasta dos grados para 2050.

“La meta de reducir las emisiones bajo el Protocolo de Kyoto debe ser acordada en Copenhague. Se trata de nuestra supervivencia: deben ser 1,5 grados”, afirmó Williams. (FIN/2009)

Por Zarrín Caldwell

WASHINGTON, 6 oct (IPS) - ¿Cómo se verían los programas de fomento al desarrollo si se enfocaran desde la falta de alimentos, agua y energía? ¿Los políticos tienen las herramientas necesarias para fortalecer la posición de los países que sufren tal escasez?

Setenta y cinco expertos de agencias oficiales, laboratorios, fundaciones, empresas y organizaciones no gubernamentales de Estados Unidos se reunieron en busca de respuesta a estas preguntas, invitados por el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés).

El foro procuró trazar un panorama completo de la escasez de recursos y de sus consecuencias, tanto para el Norte industrial como para el Sur en desarrollo.

Howard Passell, del equipo de Sandia National Laboratories –institución operada por el grupo aeronáutico Lockheed Martin y dependiente del gubernamental Departamento de Energía–, consideró erróneo concentrarse en alguna escasez en particular, pues, según él, es preciso atender la “crisis ecológica planetaria” en el sentido amplio, “algunas de cuyas señales son la falta de agua, energía y alimentos, los problemas climáticos y las epidemias”.

Passell advirtió que “lidiar con estas crisis como si fueran independientes unas de otras es una equivocación que deriva en despilfarro de dinero y esfuerzos, ineficacia y consecuencias no previstas”.

Por lo tanto, recomendó enfoques “integrados, multidisciplinarios y multisectoriales” de carácter mundial.

Según el Foro Económico Mundial, casi 4.000 millones de personas vivirán en 2030 en países que sufren tensión a causa del agua si los gobiernos e individuos no usan con más responsabilidad este recurso.

La agricultura representa 70 por ciento del uso de agua dulce, por lo cual existe un vínculo claro entre su escasez y la de alimentos. El estudio del Foro Económico Mundial estimó que la demanda de comida crecerá entre 70 y 90 por ciento para 2050.

Mientras, la Agencia Internacional de Energía pronosticó que la demanda energética mundial aumentará 45 por ciento para 2030, y que la mitad de ese incremento corresponderá a China e India.

Los conflictos por los recursos persisten entre países en desarrollo y dentro de sus fronteras. El uso que se les da a los cursos de agua internacionales –como el río Ganges, que fluye por India, Nepal, Bangladesh y China– es sólo un ejemplo.

“A medida que estos países continúen creciendo y cambian sus aspiraciones de desarrollo y sus dietas, aumentará la demanda de agua del Ganges y de otros sistemas fluviales internacionales y nacionales”, alertó en agosto el Instituto Nicholas de Soluciones en Política Ambiental de la estadounidense Universidad de Duke.

Existen numerosísimos antecedentes de acuerdos bilaterales sobre los 260 ríos internacionales del mundo, pero pocos foros regionales que atienden su situación.

En el foro del CSIS también se analizaron los vínculos entre recursos y seguridad en el Sur en desarrollo.

“Posibilidades de cambios abruptos y catastróficos amenazan la seguridad de todas las naciones”, sostuvo Carol Dumaine, subdirectora de Energía y Seguridad Ambiental del Departamento de Energía estadounidense.

La crisis financiera mundial tensionó aun más la escasez de los recursos, advirtió.

Sharon Burke, vicepresidenta a cargo de Seguridad Natural del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense, exhortó a analizar esos vínculos dentro del país norteamericano.

“Estados Unidos envía muchos minerales al exterior para su refinación, pero muy pocos ven las implicancias estratégicas de este flujo o lo que significa para las dependencias de la economía nacional o de la industria de defensa”, sostuvo.

El foro reveló una mayor valoración del trabajo internacional. Las fuerzas armadas estadounidenses, por ejemplo, ampliaron su propia definición de seguridad más allá de su tradicional evaluación de capacidad bélica. Un signo de eso es que prestan más atención a la situación de comunidades que sufren las consecuencias del cambio climático.

El Departamento (ministerio) de Defensa incluye ahora en sus análisis cuestiones como el impacto de las migraciones y de la delincuencia en la seguridad nacional, por ejemplo.

El foro, realizado el 1 de octubre, dejó en evidencia la sensación de urgencia predominante entre funcionarios, científicos y expertos. Pero todos ellos constataron dificultades en la divulgación de las conclusiones de especialistas entre los políticos.

El problema radica, en parte, en la complejidad inherente a los modelos computarizados relativos a la escasez de recursos. La compilación y el análisis de datos en múltiples sectores son especialmente difíciles. “Ahora tenemos la capacidad de afrontar esa dificultad, con sistemas que no teníamos hace 10 o 15 años”, dijo Passell.

Para las instituciones, el desafío es “manejar la complejidad, asumir un enfoque de largo plazo, construir confianza” y, en última instancia, elegir entre “cooperación y conflicto”, sostuvo Alexander Evans, del Centro de Cooperación Internacional de la Universidad de Nueva York.

El foro sugirió la creación de un “índice de vulnerabilidad de recursos” de carácter mundial o de un órgano como el Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático a cargo de elaborar un informe periódico al respecto. (FIN/2009)