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Crédito: Fabricio Van Den Broeck
Análisis
¿Podemos aguardar por el hidrógeno?
Por Ignacio Avalos

Este recurso limpio está en el centro de una nueva utopía, pero tardaría décadas en consolidarse como opción energética. Dada la gravedad del desajuste ambiental, ¿podemos darnos el lujo de esperar?, se pregunta en esta columna exclusiva para Tierramérica el analista venezolano Ignacio Avalos, ex ministro de ciencia y tecnología de su país.

CARACAS, (Tierramérica).- Que la crisis petrolera está casi a la vuelta de la esquina, lo señala un número cada vez mayor de expertos. De acuerdo al investigador británico Colin Campbell, miembro del Centro de Análisis del Agotamiento del Petróleo, ya todo el planeta ha sido explorado en sus entrañas y debemos dar por seguro que no quedan nuevos yacimientos importantes por descubrir, apreciación que es compartida por otras cuantas organizaciones especializadas, entre ellas la Oficina de Estudios Geológicos de Estados Unidos.

Entretanto, la demanda continúa creciendo (nuestra civilización sigue siendo adicta al consumo de hidrocarburos) al punto de que, si China e India, por ejemplo, hicieran crecer su economía, como ya lo pretenden, hasta llegar a tener el mismo consumo energético de Corea del Sur, necesitarían según la revista Fortune un total de 119 millones de barriles diarios, es decir, casi 50 por ciento más del total de lo que digiere (¿se indigesta?) en la actualidad todo el planeta.

El uso del hidrógeno podría perfilarse, según los especialistas, como una alternativa, ya que los vaticinios con relación al gas natural son los mismos que en el caso del petróleo

En el campo del hidrógeno, ya hay un importante camino tecnológico adelantado (se produce por esta vía una cantidad equivalente al 10 por ciento de la producción petrolera, dicen), y posee, además, indudables ventajas con respecto al petróleo y otras fuentes de energía.

Es un recurso limpio desde el punto de vista ambiental, pues representa el último paso en el proceso de “descarbonización” (desde la leña al gas, pasando por el carbón y el petróleo), puesto que es energía sin carbón, el elemento contaminante por excelencia.

El hidrógeno es prácticamente inagotable y está igualmente distribuido por el planeta, lo cual hace que su gestión pueda ser democrática, sin dar lugar, añaden los entendidos, a los esquemas de concentración propios del petróleo.

La economía fundamentada en el hidrógeno produciría, según se pronostica, cambios profundos en la organización mundial, porque haría posible una redistribución del poder y una mayor equidad a nivel mundial.

Se anuncia, así, la posibilidad de una nueva y mejor sociedad, gracias el hidrógeno. Es, otra vez, la utopía social desde los lados del determinismo tecnológico, o sea, con prescindencia de las relaciones sociales de dominio.

El hidrógeno forma parte de la argumentación estadounidense contra el Protocolo de Kyoto (1997), que pretende encarar las graves consecuencias que derivan de las emisiones de gases que recalientan el clima global: aparición de nuevos virus y enfermedades, aumento de la desertificación, agotamiento del agua, elevación del nivel del mar. Huelga decir lo mucho que gravita en este problema la producción y consumo del petróleo.

Después de once años de planteado, el protocolo no ha podido ser suscrito debido a la reticencia de Estados Unidos.

Recién iniciado su mandato, el presidente George W. Bush dijo, de manera brutal, que no firmaría un acuerdo que conspiraba contra el crecimiento del producto interno bruto de su país. Sin embargo, su posición es, ahora, más refinada. Por una parte pone en remojo, relativizándolos, el peligro inherente al fenómeno del recalentamiento, así como la necesidad de tomar medidas urgentes. Por otra, esgrime la aparición de una alternativa energética basada en el uso del hidrógeno.

¿Para qué, entonces, firmar un tratado tan lesivo a los intereses estadounidenses?

Si la mayoría de los científicos está en lo cierto sobre la gravedad de los desajustes ambientales y estamos en una carrera contra el tiempo, cabe preguntarse, dados los quince o veinte años que tardaría en consolidarse el hidrógeno como opción energética, cuáles serían las consecuencias de darle largas al asunto y no firmar ahora el Protocolo de Kyoto. Muchos temen que serían muy severas y probablemente irreversibles.

* El autor es ex ministro de ciencia y tecnología de Venezuela.

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