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María Elena Foronda
Crédito:
P & R
Por amor a Chimbote
Por Abraham Lama

La industria de la harina de pescado produce una intensa contaminación, advierte en diálogo con Tierramérica la activista María Elena Foronda, quien incluso fue a la cárcel por defender el derecho a respirar un aire limpio. Ahora, su lucha comienza a dar resultados.

LIMA., (Tierramérica).- De la prisión injusta al premio por su contribución a la salud ambiental, la trayectoria de la socióloga peruana María Elena Foronda prueba la vitalidad del activismo ecologista.

Foronda destinará los 125 mil dólares del galardón que le concedió la estadounidense Fundación Goldman a un fondo para impulsar el desarrollo sustentable de Chimbote, el puerto de la costa septentrional de Perú convertido en los años 60 en un "infierno ambiental" por la desaforada industria de la harina de pescado.

Hasta el 14 de abril, cuando la Fundación la distinguió junto a otras cinco personas por su labor de conservación en todo el mundo, el camino recorrido por Foronda no fue fácil.

El premio fue una suerte de reparación moral por los dos años de cárcel que sufrió, entre 1994 y 1996. En Perú eran tiempos de virtual guerra civil. Un tribunal militar enmascarado la condenó a 25 años de prisión, acusándola de pertenecer a una organización guerrillera.

Pero la movilización popular y de organismos de derechos humanos logró que su caso se revisara y la sentencia fuera anulada.

Ahora, como entonces, Foronda retoma su labor en Chimbote, la ciudad de sus desvelos cuyos 350 mil habitantes padecieron durante décadas un aire irrespirable. Desde allí dialogó con Tierramérica.

P: ¿Cómo era Chimbote?

R: Para los visitantes era una ciudad hedionda, que provocaba desde el segundo día escozor en los ojos. Y sus habitantes permanentes estaban bajo amenaza de males respiratorios, asma, alergias. El aire contaminado era muy peligroso para los menores de cinco años y los ancianos.

P: ¿Por qué contaminan las fábricas de harina de pescado?

R: La producción es casi primitiva: el pescado es conducido en miles de toneladas a las plantas que lo trituran, es sometido a hornos para desecarlo, molido para convertirlo en harina y finalmente ensacado para exportarlo como alimento de aves y ganado. En todas las fases de ese proceso se produce una intensa contaminación del aire y de las aguas del mar.

P: Pero muchos chimbotanos consideraban casi deseable ese mal olor, pues indicaba fábricas trabajando a todo vapor y generando empleo. Recuerdo que se decía: “cuando apesta Chimbote, hay plata”.

R: Y yo replicaba: “sí, hay más plata, pero ¿para quién? ¿Adónde se va esa plata?”, pues los empresarios y ejecutivos escapaban fuera de Chimbote todos los fines de semana para reunirse con sus familias, que tampoco residían en la ciudad. Mientras las barriadas seguían tan pobres e insalubres como antes.

P: La industria de la harina de pescado creció explosivamente. Se llegó a capturar más de 10 millones de toneladas de pescado en la década de 1970. ¿Nunca se intentó reglamentar la industria desde el punto de vista sanitario?

R: A pesar de la evidente insalubridad de ese aire maloliente, cargado de hidrógeno sulfurado, monóxido de carbono y bióxido de azufre, y de los mensajes de alerta de la Organización Mundial de la Salud, no surgía entre los empresarios ni en las autoridades la decisión de poner fin a esa situación.

P: ¿Qué pasaba con las aguas del mar?

R: Las 27 fábricas instaladas en Chimbote vertían diariamente al mar un millón de toneladas métricas de agua con sangre y restos de pescado, que se descomponían en las aguas costeras dejándolas sin oxígeno, lo que destruyó las especies biológicas del litoral.

P: ¿Cómo y por qué fue acusada de terrorista?

R: Creo que las autoridades se asustaron porque, en la primera etapa, nuestra campaña se concentró en educar a las comunidades afectadas para que reclamaran por su derecho a vivir en un medio ambiente sano y libre de contaminación, demandando a las plantas industriales el uso de tecnología limpia.

P: ¿Su actitud es de confrontación con las empresas?

R: No. Todo lo contrario. Estamos ahora en la segunda fase: persuadir a los empresarios de utilizar tecnología limpia pues si bien el cambio de equipos y métodos demanda inversión, a la larga es redituable porque optimiza los procedimientos y mejora la calidad del producto, que puede obtener mejores precios en el mercado internacional.

P:¿Qué acogida obtuvo su organización Natura entre los empresarios?

R: Excelente. Ocho de las 27 plantas que existen en Chimbote, incluyendo a la más importante, han renovado sus equipos y ya utilizan tecnología limpia.

* El autor es colaborador de IPS

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