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La semilla del respeto”
Por Néfer Muñoz

Los delitos ambientales son crímenes contra la humanidad y no sólo contra especies de flora o fauna, advierte Helen Marck, luchadora por los derechos humanos en Guatemala. "La mayor utopía es la de una sociedad que sienta y viva el carácter sublime de la naturaleza", agregó en conversación con Tierramérica.

SAN JOSE, (Tierramérica).- La guatemalteca Helen Mack ganó la admiración internacional por su lucha a favor de los derechos humanos, tras el asesinato en 1990 de su hermana, la destacada antropóloga Myrna Mack, a manos de un comando militar.

Myrna fue muerta a puñaladas en la calle. Las autoridades reportaron el hecho como un delito común. Pero la perseverancia de Helen, al frente de la Fundación Mack, permitió probar que la operación fue planeada por las Fuerzas Armadas. En 1993 la justicia condenó al ejecutor, y el pasado 3 de octubre, uno de los tres autores intelectuales acusados, el coronel retirado Juan Valencia Osorio, fue sentenciado a 30 años de prisión.

Al voltear la mirada al tema de desarrollo sostenible, esta activista asegura que “la mayor utopía es la de una sociedad que sienta y viva el carácter sublime de la naturaleza”. Es ahí, dice Mack en entrevista con Tierramérica, donde se encuentra la semilla del respeto, y el futuro de la defensa de todos los derechos.

P.- A los delitos ambientales se les llama ecocidios. ¿Cuál es el mayor ecocidio en América Latina? R.-La destrucción de los bosques y la contaminación de las fuentes de agua. De esto se derivan muchos otros delitos que, a la postre, constituyen verdaderos atentados criminales contra la humanidad y no sólo contra las especies de flora y fauna.

P.-Si fuera jueza y se convirtiera en "Baltazar Garzón de la ecología”, ¿contra quién libraría órdenes de captura? R.-Contra las mafias que están destruyendo los bosques, y contra los gobernantes que actúan en connivencia con estos delincuentes. También construiría una lista de industrias para forzarlas a trabajar con respeto a la naturaleza, a impulsar programas preventivos y no sólo compromisos de resarcimiento por daños provocados.

P.- ¿Cuál sería la mayor utopía de un ambientalista? R.- La mayor utopía es la de una sociedad que sienta y viva el carácter sublime de la naturaleza, para que actúe con respeto por encima de todo. Esta utopía no sería nueva. Ya la planteó Hesíodo en su obra "Los trabajos y los días", unos nueve siglos antes de nuestra era. Esto implicaría despojarnos del individualismo y de la visión antropocéntrica.

P.-¿Es cierto que los ecologistas son como las sandías: verdes por fuera y rojos por dentro? R.-No lo creo. Hay que romper con los estereotipos que han estigmatizado el color rojo. Lo que sucede es que los ecologistas llegarán irremediablemente a un punto en el que cuestionarán el sistema: tendrán que luchar contra el mercado, el consumismo, el individualismo y las relaciones de poder.

P.-¿Hay antídoto contra la pobreza? R.-No hay un antídoto mágico. El combate a la pobreza demanda la conjugación de numerosos factores para generar bienestar social, entre ellos mucho compromiso, voluntad política y una reforma drástica de las estructuras sociales, culturales, económicas y políticas.

P.-¿Cómo le explicaría a un niño, hijo de militar guatemalteco, qué son los derechos humanos? R.-Con la misma metodología pedagógica que utilizaría con cualquier niño. Se cree que los hijos de militares están expuestos al militarismo y a los conceptos oscuros que defienden los miembros de un ejército, pero esa no es razón para discriminarlos y excluirlos.

* El autor es corresponsal de IPS

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