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Fabricio Vanden Broeck
Crédito:
Grandes Plumas
La lucha africana de árboles contra desiertos
Por Wangari Maathai *

La destrucción de los bosques de la Cuenca del Congo, segundo mayor ecosistema selvático del planeta, se sentirá dentro y fuera de África, advierte en esta columna Wangari Maathai, premio Nobel de la Paz 2004.

NAIROBI, 7 jul (Tierramérica).- Conservar la selva congoleña y todos los bosques africanos, así como acelerar la forestación, es vital para la supervivencia en un continente donde el desierto del Sahara se expande de norte a sur y el del Kalahari hacia el sudoeste.

Por eso se puso en marcha el Fondo Forestal para la Cuenca del Congo (CBFF, por sus siglas inglesas) el 17 de junio en Londres. Su financiación inicial es de 200 millones de dólares suministrados por Gran Bretaña y Noruega. Diez países de África central han tomado la iniciativa para administrar la selva de manera más sustentable y conservar su riqueza y biodiversidad.

Las selvas de la Cuenca del Congo suministran alimentos, refugio y sustento a más de 50 millones de personas. Se trata del segundo mayor ecosistema selvático del planeta, después de la Amazonia.

Con una extensión de 200 millones de hectáreas, la cuenca incluye un quinto de los remanentes mundiales de selvas tropicales de dosel cerrado (donde las copas de los árboles se tocan, formando una cubierta homogénea) y es un importante depósito de carbono, con un papel vital en la regulación del clima regional.

Su diversidad biológica es de importancia mundial. En un espacio que duplica la superficie de Francia, las junglas tropicales congoleñas son hogar de más de 10.000 especies vegetales, mil especies de aves y 400 de mamíferos.

Pero la Cuenca del Congo soporta múltiples presiones: tala creciente, modelos agrícolas cambiantes, aumento de la población y explotación petrolera e industrial, cuyo resultado conjunto es mayor deforestación.

Esta situación no es sostenible para la gente que vive allí, para incalculables especies que pueden verse empujadas a la extinción ni para el clima. Revertir la deforestación es esencial tanto para asegurar el sustento de la población regional como para mantener la biodiversidad del bosque y su capacidad de almacenar carbono.

Los bosques son insustituibles y pueden morir, aunque parezcan inagotables.

Las dos naciones que comparten la caribeña isla de La Española --Haití y República Dominicana-- son un ejemplo vívido de lo que pasa cuando destruimos el ambiente, sobre todo los bosques.

La deforestación de Haití y la consecuente pérdida de sus suelos lo volvieron muy vulnerable a los huracanes e inundaciones y profundizaron la miseria. Del otro lado de la isla, las condiciones de República Dominicana son mucho mejores, pues en gran medida ha conservado sus selvas.

Quizás África deba establecer un día o una temporada de plantación de árboles. La educación ambiental debe empezar en la escuela primaria para que nuestra ciudadanía crezca con una apreciación profunda del ambiente. Sin educación, es muy posible que haya ministros promoviendo políticas destructivas por la simple razón de que no saben qué es lo correcto.

Lamentablemente, las generaciones que destruyen el ambiente no son las que sienten las consecuencias.

Aunque importa proteger la selva en cada país, también hay que reconocer su valor más allá de las fronteras nacionales, como en el ecosistema de la Cuenca del Congo. El impacto negativo de su destrucción se sentirá tanto dentro como fuera de África.

Este continente debe proteger sus bosques nativos, pero también comprometerse en un amplio esfuerzo de forestación. Nuestra población puede cultivar plantaciones comerciales para la industria maderera y de la construcción. Pero es un error sacrificar los bosques en pos de los rápidos beneficios económicos que dan los expansivos cultivos de monocultivos forestales.

Si lo hacemos, estaremos minando las posibilidades de nuestros hijos y nietos de obtener agua y lluvia para la agricultura, de obtener energía hidroeléctrica y de disfrutar de los variados beneficios de los recursos hídricos, pues los ríos se secarán. África ya es un continente escaso en agua. No puede arriesgarse a sacrificar sus cuencas fluviales.

En este contexto, merecen reconocimiento las iniciativas del presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, que está erigiendo una Gran Muralla Verde desde Dakar, en el extremo occidental de África, sobre el océano Atlántico, hasta Yibouti, sobre el mar Rojo, con el fin de contener el avance del Sahara.

"El proyecto consiste en plantar árboles a lo largo de 7.000 kilómetros, desde Dakar a Yibouti, para crear una franja verde de cinco kilómetros de ancho junto al desierto, destinada a frenar cualquier avance de la desertificación", ha dicho el propio Wade.

"Con la regeneración de la biodiversidad queremos dar a nuestro planeta un nuevo 'pulmón verde' y contribuir por tanto a combatir el cambio climático... Ya hemos definido el emplazamiento de la Gran Muralla y seleccionado las especies arbóreas, según las zonas climáticas. Cada país por donde pase es responsable de erigirla dentro de sus fronteras".

* Laureada en 2004 con el premio Nobel de la Paz, embajadora de Buena Voluntad para la Selva del Congo y fundadora del Movimiento del Cinturón Verde (www.greenbeltmovement.org). Derechos exclusivos IPS.

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