 | Crédito: Fabricio Vanden Broeck
| Grandes Plumas Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía - Parte II Por Enrique Leff
Desconstruir la economía resultaría una empresa más compleja que desmantelar un arsenal bélico, derrumbar el Muro de Berlín, demoler una ciudad o refundir una industria, afirma en esta columna el mexicano Enrique Leff.
MÉXICO, 25 ago (Tierramérica).- La transición de la modernidad hacia la posmodernidad significó pasar de la anticultura, inspirada en la dialéctica, al mundo “pos” (posestructuralismo, poscapitalismo), que anunciaba el advenimiento de algo nuevo.
Pero ese algo nuevo aún no tiene nombre, porque solo hemos sabido nombrar lo que es y no lo por venir. La filosofía posmoderna inauguró la época “des”, abierta por el llamado a la desconstrucción. La solución al crecimiento no es el decrecimiento, sino la desconstrucción de la economía y la transición hacia una nueva racionalidad que construya la sustentabilidad.
Desconstruir la economía insustentable significa cuestionar el pensamiento, la ciencia, la tecnología y las instituciones que han instaurado la jaula de racionalidad de la modernidad.
No es posible mantener una economía en crecimiento que se alimenta de una naturaleza finita, sobre todo una economía fundada en el uso del petróleo y el carbón, transformados en el metabolismo industrial, del transporte y de la economía familiar en dióxido de carbono, el principal gas causante del efecto invernadero y del calentamiento del planeta que hoy amenaza a la vida humana.
El problema de la economía del petróleo no es solo, ni fundamentalmente, el de su gestión como bien público o privado. No es el del incremento de la oferta, explotando las reservas guardadas y los yacimientos de los fondos marinos para abaratar nuevamente el precio de las gasolinas, que ha sobrepasado los cuatro dólares por galón.
El fin de la era del petróleo no resulta de su escasez creciente, sino de su abundancia en relación a la capacidad de absorción y dilución de la naturaleza, del límite de su transmutación y disposición hacia la atmósfera en forma de dióxido de carbono.
La búsqueda del equilibrio de la economía por una sobreproducción de hidrocarburos para seguir alimentando la maquinaria industrial (y agrícola por la producción de biocombustibles), pone en riesgo la sustentabilidad de la vida en el planeta, y de la propia economía.
La "despetrolización" de la economía es un imperativo ante los riesgos catastróficos del cambio climático si se rebasa el umbral de las 450-550 partes por millón de gases de efecto invernadero en la atmósfera, como vaticinan el Informe Stern y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.
Y esto plantea un desafío a las economías que dependen de sus recursos petroleros (México, Brasil, Venezuela, en nuestra América Latina), no sólo por su consumo interno, sino por su contribución al cambio climático global.
La racionalidad económica se implanta sobre la Tierra y se alimenta de su savia. Es el monstruo que engulle la naturaleza para expulsarla por sus fauces que exhalan bocanadas de humos a la atmósfera, contaminando el ambiente y calentando el planeta.
El decrecimiento de la economía no solo implica la desconstrucción teórica de sus paradigmas científicos, sino de su institucionalización social y de la subjetivización de los principios que intentan legitimar la racionalidad económica como la forma ineluctable del mundo.
Desconstruir la economía resultaría así una empresa más compleja que desmantelar un arsenal bélico, derrumbar el Muro de Berlín, demoler una ciudad o refundir una industria.
No es la obsolescencia de una máquina o de un equipo, ni el reciclaje de sus materiales para renovar el proceso económico. La destrucción creativa del capital que preconizaba Joseph Schumpeter no apuntaba al decrecimiento, sino al mecanismo interno de la economía que la lleva a “programar” la obsolescencia y destrucción del capital fijo, para reestimular el crecimiento insuflado por la innovación tecnológica como fuelle de la reproducción ampliada del capital.
El crecimiento económico arrastra consigo el problema de su medición. El emblemático producto interno bruto con el que se evalúa el éxito o fracaso de las economías nacionales no mide sus externalidades negativas.
Pero el problema fundamental no se resuelve con una escala múltiple y un método multicriterial de medida, como las “cuentas verdes”, el cálculo de los costos ocultos del crecimiento, un “índice de desarrollo humano” o un “indicador de progreso genuino”.
Se trata de desactivar el dispositivo interno, el código genético de la economía, y hacerlo sin desencadenar una recesión de tal magnitud que termine acentuando la pobreza y la destrucción de la naturaleza.
La descolonización del imaginario que sostiene a la economía dominante no habrá de surgir del consumo responsable o de una pedagogía de las catástrofes socio-ambientales, como pudo sugerir Serge Latouche al poner en la mira la apuesta por el decrecimiento.
La racionalidad económica se ha institucionalizado y se ha incorporado a nuestra forma de ser en el mundo: el "homo economicus". Se trata pues de un cambio de piel, de transformar al vuelo un misil antes de que estalle en el cuerpo minado del mundo.
La economía real no es desconstruible mediante una reacción ideológica y un movimiento social revolucionario. No basta con moderarla incorporando otros valores e imperativos sociales para crear una economía social y ecológicamente sostenible.
Es necesario forjar Otra economía, fundada en los potenciales de la naturaleza y en la creatividad de las culturas, en los principios y valores de una racionalidad ambiental. * Ambientalista, escritor y ex coordinador de la Red de Formación Ambiental para América Latina y el Caribe del Pnuma. Derechos exclusivos Tierramérica. |