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Crédito: Fabricio Vanden Broeck
Análisis
Agrocombustibles ¿sí o no?
Por Ignacy Sachs

Es posible elevar la producción de biocombustibles sin invadir tierras destinadas a obtener alimentos ni recurrir a la deforestación, afirma en esta columna exclusiva el economista Ignacy Sachs.

PARÍS, 22 sep (Tierramérica).- Los entusiastas de los biocombustibles consideran que son una panacea para las crisis de la energía y del cambio climático, que podría servir para perpetuar el reinado de los vehículos a motor y las actuales pautas perversas de consumo.

Los detractores de los biocombustibles --destilados de cultivos como maíz, azúcar, palma aceitera y soja, entre otros-- afirman que el desvío de las escasas tierras agrícolas para la producción de etanol y biodiésel provocará una grave crisis alimentaria.

Al referirse a la moda de los biocombustibles, el ambientalista estadounidense Lester Brown dijo que se trata de una batalla épica entre 800 millones de propietarios de automóviles y 2.000 millones de estómagos vacíos. Sabemos que el hambre no es causada por escasez de alimentos sino de dinero para comprarlos. Es el caso de muchos habitantes de barrios marginales de las ciudades, forzados a abandonar la agricultura por no tener acceso a la tierra, por la ausencia de una reforma agraria o porque sus medios de vida fueron arruinados por la competencia desleal de los alimentos subsidiados por la Unión Europea (UE) y Estados Unidos, como sucede en los mercados africanos.

Pero esto no significa minimizar los apuros creados por los recientes incrementos de precios de los alimentos y sus sucesivos altibajos. Sin embargo, es absurdo discutir el impacto de estas subas sin tener en cuenta las causas estructurales de la pobreza masiva. Debemos esforzarnos para lograr una mayor moderación y eficiencia en el consumo de energía y, al mismo tiempo, tomar todas las medidas necesarias para asegurar la complementariedad entre las producciones de alimentos y de biocombustibles.

Si se respetaran las siguientes condiciones sería posible incrementar grandemente la producción de biocombustibles sin invadir las tierras utilizadas para la obtención de alimentos ni recurrir a la deforestación:

* Usar siempre que sea posible tierras yermas o marginales para hacer crecer en ellas plantas resistentes de semillas oleaginosas como el piñón botija (Jatropha curcas).

* Programar sistemas integrados de producción de alimentos y energía adaptados a diferentes biomasas y propiciar el uso de tortas de linaza como forraje para el ganado, de modo de dejar libres tierras de pastoreo para la agricultura. El acento se debe poner en la variedad de las soluciones propuestas y en el aprovechamiento de la diversidad biológica y cultural.

* Transformar en biocombustibles (incluyendo biogás) los residuos agrícolas, forestales y domésticos y, con este fin, avanzar lo antes posible a la segunda generación de biocombustibles celulósicos.

* Intensificar la investigación sobre la biodiversidad, en particular sobre especies tropicales oleaginosas y en la tercera generación de biocombustibles producidos con algas.

* Aprovechar la experiencia de la producción en pequeña escala de bioenergía para consumo local de la población rural.

* Asegurar un trabajo decente, el derecho a la alimentación adecuada y, como bien enfatiza Oxfam International, dejar a los pequeños propietarios rurales la libertad de decidir sobre el equilibrio entre la producción de alimentos para el consumo y de productos para el mercado.

* Promover las empresas colectivas de pequeños agricultores mediante cooperativas y permitir que éstas sostengan relaciones más equitativas con productores de biocombustibles a gran escala. La experiencia muestra que las últimas dos condiciones son quizás las más difíciles de observar. Hasta ahora la discusión se ha centrado en la elección de cultivos y técnicas y sobre muchas (inaceptables y evitables) historias de horror, como la destrucción de bosques primarios y la desecación de pantanos para plantar palma de aceite en Indonesia. Pero no se está prestando suficiente atención a los modelos sociales que surgen de las inversiones en biocombustibles a gran escala. Estamos enfrentados a dos grandes desafíos: el perjudicial cambio climático y la escasez crónica de oportunidades de trabajo decente, exacerbada por una abismal desigualdad social.

Nuestra ambición debería ser enfrentar simultáneamente ambos problemas mediante el uso de los biocombustibles como una oportunidad para iniciar un nuevo ciclo de desarrollo social ambientalmente virtuoso, con los pequeños agricultores como principales protagonistas.

Ello requiere medidas políticas explícitas de los Estados comprometidos con el desarrollo, como alternativa a la predominante dependencia en las fuerzas del mercado y al masivo acaparamiento de tierras agrícolas en manos de los fondos de inversión. El programa brasileño de biodiésel fue diseñado con la intención de dar preferencia a los pequeños agricultores que viven en las partes menos desarrolladas de ese país. En la actualidad, esta política no es muy exitosa y no se ha extendido a la notoriamente más importante producción de etanol, dominada por grandes propietarios y por las grandes agroindustrias. La dimensión social de los programas de bioenergía debe ser comprendida y abordada a fin de evitar un nuevo círculo de desarrollo rural socialmente perverso, caracterizado por un ulterior agravamiento de la desigualdad en la tenencia de la tierra, la salud y los ingresos. Brasil está en posición ideal para moverse en esa dirección y transformarse en un muy importante actor global en la conformación de las civilizaciones pospetroleras.

* Profesor honorario en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y en la Universidad de São Paulo. Su último libro es "La troisième rive ­ à la recherche de l’écodéveloppement" (París, 2008). Derechos exclusivos IPS.

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