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Crédito: Fabricio Vanden Broeck
Grandes Plumas
¿Tiene derechos la Tierra?
Por Leonardo Boff *

Lo que importa no es la salvación del statu quo, sino la salvación de la vida y del sistema Tierra. Esta es la nueva centralidad, que redefinirá los rumbos de la política, afirma en esta columna el teólogo Leonardo Boff.

RÍO DE JANEIRO, 8 mar (Tierramérica).- No existe en el mundo una representación política de los intereses de la humanidad y de la Madre Tierra que tutele su protección natural y cultural.

Desde hace siglos vivimos bajo la jurisdicción de los estados nación, con sus particulares soberanías y autonomías.

Puesto que los problemas se vuelven más y más globales, esta configuración política es insuficiente para ofrecer las soluciones que se requieren.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU), que sería la institución apropiada, está desmoralizada y en ella sólo cuenta el Consejo de Seguridad, controlado por las cinco potencias con derecho a veto, con Estados Unidos a la cabeza.

Tampoco se dispone de un contrato social mundial que establezca prácticas políticas globales. Faltan referencias colectivas que faciliten consensos y diriman eventuales conflictos. Esta es una de las causas del fracaso de numerosos encuentros internacionales sobre asuntos globales, como el de cambio climático, celebrado en diciembre en Copenhague, o el de comercio mundial, que se efectuó en Doha en 2001.

Vivimos un momento de la historia en el que está en juego nuestro futuro común. El encadenamiento de crisis y especialmente la cuestión ecológica puede originar una tragedia de enormes proporciones, que impone la urgente adopción de medidas.

El presupuesto para ello es una referencia común, un conjunto de valores, principios e inspiraciones que ofrezcan un fundamento ético y político a la comunidad mundial.

Lo que importa no es la salvación del statu quo, sino la salvación de la vida y del sistema Tierra. Esta es la nueva centralidad, que redefinirá los grandes rumbos de la política.

Consciente de esta urgencia, el presidente de la Asamblea General de la ONU en 2008 y 2009, Miguel D'Escoto, después de consultar a un vasto arco de personalidades y jefes de Estado resolvió formular un proyecto de Declaración Universal del Bien Común de la Tierra y de la Humanidad, y me incluyó entre sus redactores (http://servicioskoinonia.org/logos).

Semejante texto, que complementará la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, será divulgado en la Conferencia Internacional sobre el Clima prevista para abril en Cochabamba y asume los datos más seguros de la cosmología contemporánea.

Considera que la Tierra y la humanidad son parte de un vasto universo en evolución, que poseen el mismo destino y constituyen, en su complejidad, una única entidad.

La Tierra vive y se comporta como un único sistema autorregulado formado por componentes físicos, químicos, biológicos y humanos que la hacen propicia a la producción y reproducción de la vida, y por esto es nuestra Gran Madre y nuestro hogar común.

Ella está compuesta por el conjunto de los ecosistemas, en los cuales generó una multiplicidad magnífica de formas vitales complementarias e interdependientes que integran la unidad sagrada de la vida y hacen que el ser humano, hombre y mujer, sea la misma Tierra que habla, piensa, siente, ama, cuida y venera.

Puesto que la crisis ambiental debe ser enfrentada globalmente, es preciso definir el “bien común de la Tierra y la humanidad”.

Las características del bien común son la universalidad y la gratuidad. Debe incluir a todos, personas y pueblos, y al mismo tiempo es ofrecido a todos gratuitamente porque representa lo que es esencial, vital e insustituible para la humanidad y la propia Tierra.

El primer bien es la Tierra, condición para todos los otros bienes. Pertenece al universo, a sí misma y al conjunto de ecosistemas que la componen. Los seres humanos no son sus dueños sino sus huéspedes: por ser generadora de vida posee la dignidad y el derecho de ser cuidada y protegida. La biosfera es un patrimonio que la Humanidad debe tutelar. Esto vale para todos los recursos naturales: el aire, el agua, la fauna, la flora, los microorganismos, y también para la mantención del clima. Por ello los cambios climáticos se deben enfrentar globalmente, como una responsabilidad compartida.

Forman parte del patrimonio común los bienes públicos al servicio de la vida, como los alimentos, las simientes, la electricidad, las comunicaciones, los conocimientos acumulados por los pueblos y por la investigación, las culturas, las artes, las técnicas, la música, las religiones, la salud, la educación y la seguridad. El segundo bien común es la humanidad, con sus valores intrínsecos como portadora de dignidad, conciencia, inteligencia, sensibilidad, compasión, amor y apertura hacia el Todo. La humanidad aparece como un proyecto infinito y por ello siempre inacabado.

El fecundo concepto de bien común veda, por ejemplo, que se patenten recursos genéticos fundamentales para la alimentación y la agricultura, mientras los descubrimientos técnicos patentados deben guardar siempre un destino social.

Pertenece al bien común de la humanidad y de la Madre Tierra la convicción de que una energía bienhechora subyace en todo el universo, sustenta a cada uno de los seres y puede ser invocada, acogida y venerada.

* Leonardo Boff, teólogo brasileño, miembro de la Iniciativa de la Carta de la Tierra y profesor emérito de ética de la Universidad de Río de Janeiro. Derechos exclusivos IPS.

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