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Análisis
La economía azul
Por Gunter Pauli

El ecosistema opera con lo que tiene a su disposición y depende ante todo de las leyes de la física. Debemos crear una economía basada en esos principios, propone Gunter Pauli en esta columna.

TOKIO, 28 jun (Tierramérica).- El mundo necesita un nuevo modelo económico. ¿Quién puede dudar de esto cuando se diluye el debate sobre el cambio climático, aunque las temperaturas de la Tierra siguen subiendo, y son alarmantes tanto el desempleo como la pobreza?

La economía planificada nunca fue capaz de distribuir recursos de manera eficiente.

La economía de mercado evolucionó hacia un sistema que perseguía la expansión mediante economías de escala y aumento constante de la productividad, lo que desencadenó una ola de fusiones y adquisiciones, financiada con creciente endeudamiento.

Cuando la deuda se hizo insostenible, los hechiceros de las finanzas inventaron sofisticados instrumentos que crearon activos basados en la nada. Entonces ese esquema se desplomó. Los promotores de la economía verde cuestionan el crecimiento y afirman que se debe ir más allá del dinero para erradicar el hambre y la pobreza, o sea que se debe lograr la educación primaria universal, promover la igualdad de género y la autonomía de las mujeres.

Pero, a pesar de todas sus buenas intenciones, la economía verde no consiguió despegar. Ella requiere que los gobiernos subsidien, que las compañías acepten menores ganancias y que los consumidores paguen más.

Esto es viable con crecimiento y elevado nivel de ocupación, pero es difícil cuando los gobiernos están en bancarrota, la demanda y la confianza de los consumidores caen, y a los más jóvenes se les dice que no hay trabajo, mientras 1.000 millones de personas viven en la pobreza.

Llega entonces la hora de adoptar innovaciones que vayan más allá de nuestro romance con la naturaleza y de nuestro pesimismo sobre la industria.

Se trata de un rediseño pragmático, inspirado en los ecosistemas. Llega también la hora de enfrentar las urgentes necesidades de agua, alimentos y salud con estrategias de largo aliento para construir capital social.

Y llega la hora de descubrir soluciones que no generen consecuencias indeseadas, como la carestía de los alimentos debido al uso de cereales para producir biocombustibles, o el empleo del aceite de palma para obtener jabones biodegradables, destruyendo enormes extensiones de selva tropical.

En nuestro impulso por abrazar la sostenibilidad hemos tolerado “daños colaterales”, como cuando combatimos al terrorismo. Los ecosistemas proporcionan inspiración para crear un nuevo modelo que trascienda lo que hasta ahora conocemos. Esto es lo que llamo economía azul en mi libro “The Blue Economy”.

Los ecosistemas aportan nutrientes y energía en cascada, como demostró el asombroso trabajo del ingeniero sanitario George Chan, de Mauricio, tomando lo mejor de la permacultura (agricultura permanente) y llevándolo a un nuevo orden de eficiencia.

En los modelos de Chan, puestos en práctica en Colombia, Namibia y Fiji, vemos que la biomasa ya usada se convierte en medio para el crecimiento de hongos, de modo que ese sustrato aparentemente agotado se transforma en proteínas ricas para alimento del ganado.

A su vez, las bacterias inoculadas en el estiércol del mismo ganado generan biogás en un digestor, mientras el líquido fangoso resultante de esa operación es un nutriente para las algas que promueven la creación del plancton que se convierte en alimento para los peces y enriquece el agua de riego.

En Brasil, el biólogo Jorge Alberto Vieira Costa reutiliza el dióxido de carbono residual de una usina eléctrica a carbón para alimentar el alga espirulina, que a su vez produce alimento rico en proteínas y es empleada para fabricar biocombustibles.

El ecosistema opera con lo que tiene a su disposición y depende ante todo de las leyes de la física.

Los fenómenos físicos son predecibles y no tienen excepciones: el aire caliente se eleva, el agua fría cae. Seguir estos principios permite reducir o eliminar residuos metálicos, sustancias químicas procesadas y energía no renovable.

Los mecanismos desarrollados por las cebras y las termitas muestran más dominio del aire y de la humedad que cualquiera de nuestras soluciones mecánicas o electrónicas.

Esto lo vemos en el proyecto del arquitecto Anders Nyquist desarrollado en la escuela Laggarberg, de Suecia, en el hospital de campaña del grupo Gaviotas en Vichada, Colombia, y en el Eastgate Center de Harare, Zimbabwe, donde el aire es continua y naturalmente refrescado sin necesidad de bombas o refrigeradores.

La misma lógica es aplicada para generar electricidad. Cada ecosistema genera corrientes eléctricas por las diferencias de presión, de pH (potencial de hidrógeno) y de temperatura. Esas microcorrientes son suficientes para sustituir miles de millones de baterías contaminantes.

Esta idea fue probada en el Instituto Fraunhofer de Alemania, donde se creó un prototipo de teléfono celular que genera electricidad a partir de la diferencia de temperatura entre el aparato y el cuerpo de quien lo utiliza y que convierte la presión de la voz en piezoelectricidad, propiedad de ciertos cristales de polarizarse eléctricamente cuando son sometidos a presión, suministrando energía para transmitir la propia voz… mientras estamos hablando.

La economía azul desea exponer, no imponer, las enormes posibilidades de la ciencia para que pueda emerger, cuanto antes mejor, un nuevo y competitivo modelo económico.

* Gunter Pauli, fundador de Zero Emissions Research and Initiatives, profesor, empresario y autor de libros de no ficción y fábulas infantiles. Derechos exclusivos IPS.

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