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Cuando el belga Vincent Geerts llegó a este predio, no había más que malezas y piedras.
Crédito: Emilio Godoy/IPS
Reportajes
Turistas responsables en busca del paraíso rural perdido
Por Emilio Godoy

Una red mundial de pequeñas granjas promueve la agricultura orgánica y sostenible y los hábitos responsables de consumo, atrayendo un nuevo tipo de turismo.

ERONGARÍCUARO, México, 6 sep (Tierramérica).- Se trata de una mezcla de voluntariado y ecoturismo. El visitante paga por pasar unas semanas en contacto con la naturaleza y ejecutando las labores de una granja orgánica. La idea inspiradora es cultivar conciencia ambiental.

El mexicano Alan Vázquez se levanta a las siete de la mañana y su primera tarea es alimentar a los animales en el rancho ecológico “Las canoas altas”, situado en Erongarícuaro, un municipio del sudoccidental estado de Michoacán cuyo nombre significa “lugar de espera” en lengua indígena purépecha.

“La experiencia ha superado mis expectativas, porque nunca había estado en una granja ecológica. He aprendido a hacer pan, a cocinar y a hacer paneles para las abejas”, contó a Tierramérica Vázquez, de 25 años y estudiante de planeación territorial en la estatal Universidad Autónoma Metropolitana.

“Las canoas altas”, una propiedad de 2,5 hectáreas del belga Vincent Geerts, forma parte del capítulo mexicano de Oportunidades Globales en Granjas Orgánicas (WWOOF, por sus siglas en inglés), una iniciativa internacional en forma de red que vio la luz en Gran Bretaña en 1971, con un nombre distinto, Working Weekends on Organic Farms (Fines de Semana Laborales en Granjas Orgánicas).

La creadora fue Sue Coppard, una secretaría que amaba su vida en Londres, pero extrañaba su infancia en el campo. Se le ocurrió que si ofrecía trabajar gratis un fin de semana en una granja, la dejarían quedarse. En su primer intento ya tenía 15 compañeros de aventura.

“La red es un buen mecanismo. El factor primordial es la convivencia, más allá del aprendizaje agrícola”, aseguró Geerts, un aficionado a la agricultura orgánica que llegó a México en 1979 y se adhirió a WWOOF en 2005.

En su predio, adquirido hace 10 años y ubicado en este municipio de unos 12.000 habitantes, Geerts siembra hortalizas, plantas medicinales y granos, cría yeguas, gallinas y patos y obtiene miel.

La red WWOOF está presente en 99 países. Entre ellos, Belice, Guatemala, Costa Rica, Ecuador, Chile, Argentina y Brasil, además de México, donde apareció en 2004 por iniciativa del psicólogo y administrador de empresas Arturo Farías.

Hoy ya hay una cincuentena de granjas mexicanas inscritas en el programa. Y anualmente se suman unas 500 personas.

Farías partió de su experiencia en la industria ecoturística para impulsar este voluntariado ecológico, y desarrolló durante cinco años un proyecto de agricultura sostenible en la ciudad de Valle de Bravo, en el estado de México. “La gente no puede evitar el contacto con la naturaleza. Tiene que convivir con ella”, dijo Farías a Tierramérica.

El “wwoofing” mezcla el turismo rural y el trabajo voluntario. En México, el aspirante a “wwoofer” paga una cuota anual de 20 dólares para inscribirse, se pone en contacto con alguna de las fincas registradas y, luego de la aceptación, ésta le suministra alojamiento, alimentación e instrucciones para sus tareas en jornadas de lunes a sábado.

Todo el sistema es una forma de acercar a la gente a un modelo de desarrollo sostenible en las áreas rurales. Geerts y Farías siguieron rutas parecidas, pues ambos atraían a voluntarios antes de formar parte de WWOOF.

Este tipo de experiencias en México despiertan interés a viajeros europeos, de Canadá y Estados Unidos y, últimamente, a los propios mexicanos como Vázquez.

En julio, Geerts recibió a visitantes de este país, de Argentina y Filipinas. El único requisito que él pone es que hablen un español básico, para facilitar la comunicación.

“Cuando los voluntarios salen de acá se llevan algo valioso”, señaló Geerts.

Su proyecto se inició con la limpieza de malezas y piedras de un terreno baldío situado a pocos kilómetros de “La aldea del bosque”, otra granja de WWOOF.

Estos establecimientos pueden ser auténticos laboratorios ambientales. En “Las canoas altas”, Geerts aprovecha el agua de lluvia y proyecta instalar un calentador de agua con energía solar para reducir el consumo de gas.

“Hay un beneficio real, que es el intercambio de ideas. A muchas granjas lo que les falta es gente proactiva con conocimientos”, planteó Farías.

Las edades de los voluntarios oscilan entre los 18 y los 35 años, y en muchos casos no saben de agricultura sustentable. Es frecuente que visiten granjas de varios países.

“Repetiría la experiencia y recomendaría que se inscribieran en el programa”, resaltó Vázquez, tras pasar un mes en “Las canoas altas” desde el 1 de agosto.

Geerts lleva un diario con testimonios de los voluntarios que pasaron por Erongarícuaro.

Las granjas mexicanas más activas se ubican en el centro del país, en los alrededores de la capital, aunque despuntan iniciativas en Michoacán u Oaxaca, en el sur.

A pesar de su relativo éxito, el programa requiere mejorar el seguimiento de las estancias de los voluntarios y la comunicación e intercambio entre las fincas asociadas.

WOOF tiene varios miles de establecimientos asociados y unos 100.000 voluntarios.

Pero la particular coyuntura mexicana de violencia vinculada al narcotráfico ya empezó a abonar la inquietud entre los extranjeros deseosos de internarse en la experiencia de vivir y trabajar en una granja ecológica.

* IPS correspondent.

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