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Análisis
El futuro es de los biocombustibles
Por Mark Sommer

Fuentes limpias de energía, como el etanol de celulosa, ofrecen la posibilidad de devolver beneficios económicos y poder político a las comunidades locales, escribe en esta columna exclusiva para Tierramérica el analista estadounidense Mark Sommer.

ARCATA, CALIFORNIA, 5 Jun (Tierramérica).- Cuando el presidente George W. Bush hizo mención al pasto aguja, la hierba original que adornaba las grandes planicies de América del Norte antes de la llegada de los europeos, durante su discurso sobre el Estado de la Unión en enero, dejó perpleja a la mayoría de los oyentes.

No sólo se sorprendieron aquellos que nunca habían oído hablar de ese tipo de pasto sino también quienes lo conocen y no esperaban que lo nombrase un oligarca de Texas.

Bush ungió a los combustibles alternativos, entre ellos el etanol fabricado a partir del pasto aguja, como uno de los elementos esenciales para la salvación de Estados Unidos en materia energética y bautizó a la biomasa como un medio para reducir la peligrosa dependencia del petróleo importado.

La biomasa sirve para producir desde combustibles para vehículos hasta plásticos biodegradables. Y tanto durante su procesamiento como su utilización, se reducen las emisiones de gases invernadero.

La biomasa puede ser obtenida no sólo de cosechas de vegetales alimenticios sino también de los tallos, cañas y de restos de forrajes de granos que de otro modo terminarían en la basura. Al biocombustible resultante de estos desperdicios se le conoce como etanol de celulosa y es el más prometedor.

Se trata de un nuevo proceso basado en la descomposición orgánica de fibras de plantas, acelerada por la manipulación biotécnica y por una simple destilación de azúcares básicos, que convierte los fibrosos corazones de las mazorcas de maíz desgranadas, los rastrojos del trigo, el arroz y otros cultivos agrícolas e incluso árboles de pequeño diámetro en una amplia serie de sustitutos del petróleo.

La historia comienza durante la Segunda Guerra Mundial en la isla de Guam, en el Pacífico Sur, donde los soldados estadounidenses vieron cómo las lonas de sus tiendas de campaña se desintegraban a velocidades asombrosas y se sumaban a la putrefacción de la selva tropical.

El culpable, según comprobaron, fue un minúsculo microorganismo con un hambre prodigioso de fibras de celulosa. Sesenta años después, en un laboratorio de Ottawa, una compañía innovadora llamada Iogen pudo aislar la enzima producida por ese microorganismo y acelerar el proceso de la descomposición.

Esta firma está ahora mirando hacia Idaho, Estados Unidos, para construir allí la primera, bio-refinería a gran escala.

Tradicionalmente, al final de la cosecha los agricultores queman los rastrojos, llenando el aire con el humo culpable del cambio climático. Pero los agricultores de Idaho ahora ven el potencial que los rastrojos tienen para reavivar su deprimida economía, ya que la celulosa que contienen servirá para producir el etanol.

Al contrario que el petróleo, el carbón, el uranio y otros combustibles convencionales, los procesos para obtener biocombustibles no son intensamente tóxicos para el ambiente.

Las materias primas para el etanol proveniente de la celulosa no se limitan a los cultivos agrícolas. Los bosques silvestres plenos de malezas pueden producir materias primas para el etanol si se someten a un raleo selectivo.

Durante décadas los ambientalistas opuestos a toda tala de árboles han luchado contra las compañías madereras en lo que en realidad es una falsa dicotomía entre puestos de trabajo y ambiente.

Entretanto, los bosques o fueron talados por completo o dejados crecer en frondosidad con matorrales altamente inflamables que producen incendios calamitosos.

Pero muchos habitantes de zonas rurales están cansados tanto de la irrestricta extracción de recursos naturales como del ambientalismo intransigente.

Los ambientalistas que antes se resistían a las talas en bosques añosos están ahora apreciando la sabiduría de un raleo altamente selectivo, mientras los madereros y el Servicio Forestal de Estados Unidos están dándose cuenta del valor de esta alternativa que podría dar a futuras generaciones la oportunidad de ver los bosques tan espaciosos como lo eran antiguamente.

Uno de los beneficios de los biocombustibles es que ofrecen la posibilidad de devolver las fuentes de energía, los ingresos y el poder político a cada comunidad local. En una era en la que el poder centralizado se está revelando cada vez más como ineficiente e indigno de confianza, un sistema energético y la porción de poder que conlleva, podría servir no sólo para proporcionar calor y luz sino también para darnos, como beneficioso subproducto, una democracia más amplia.

* Director del programa radial A World of Possibilities. Derechos reservados IPS

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