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Una embarcación cruza el río Paraná ingresando al puerto de Rosario.
Crédito: Marcela Valente/IPS
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Mejillón asiático invade Cono Sur ante pasividad gubernamental
Por Marcela Valente

Unas 3.000 especies se desplazan por el planeta cada día con el agua de lastre de los buques. Pueden ser virus, bacterias, algas o invertebrados, pero apenas un pequeño porcentaje se convierten en invasoras.

BUENOS AIRES, 9 jul (Tierramérica).- La mayoría de los gobiernos de la cuenca del Río de la Plata hacen poco o nada para frenar la invasión del mejillón dorado, que está causando daños de enormes costos económicos.

El Limnoperna fortunei, un bivalvo de agua dulce, no comestible y originario de ríos y arroyos de China y del sudeste asiático, viaja como polizón desde Asia en el agua de lastre de los buques cargueros transoceánicos. Llegó a la región en 1991.

Sin predadores locales, el mejillón se adaptó al Cono Sur americano y en 20 años se reprodujo a ritmo acelerado y se expandió por los ríos Paraná, Uruguay y todos sus brazos hasta la ciudad brasileña de São Paulo.

El biólogo Gustavo Darrigran, director del Grupo de Investigación sobre Moluscos Invasores de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata, explicó a Tierramérica por qué su presencia es “una invasión”.

“Una especie exótica es aquella que fue introducida de manera intencional o no y que se queda en el lugar de ingreso. Una especie invasora es la que se naturaliza en el nuevo ambiente, dispersándose rápida y ampliamente”, distinguió.

Darrigran, que registró la aparición de los primeros individuos en 1991, explicó que la invasión “ocasiona impactos tanto en el ambiente natural como en el humano”. Y, sin embargo, la preocupación de los gobiernos de la región por esos daños “es parcial”.

El mejillón se adhiere a cualquier superficie dura, natural o artificial, y forma colonias que obstruyen tuberías y filtros de sistemas de agua potable, de refrigeración de industrias, centrales eléctricas y canales de riego, y afectan la navegación, el turismo y la pesca.

“Recorre contracorriente unos 240 kilómetros por año, una velocidad enorme considerando que vive fijo a cualquier sustrato duro disponible”, alertó el biólogo.

Apenas tres años después de detectado, el mejillón obstaculizó la toma de agua y la estructura de hormigón de una planta potabilizadora en Bernal, sur de Buenos Aires, lo que obligó a realizar una limpieza más frecuente y costosa, dijo el experto.

Para comienzos del milenio, el molusco viajero ya había llegado al Pantanal boliviano- brasileño. Más tarde causó dificultades en la represa argentino-paraguaya de Yacyretá y en la brasileño-paraguaya de Itaipú, ambas sobre el río Paraná. Y está también instalado en la central argentino-uruguaya de Salto Grande, sobre el río Uruguay.

En Yacyretá, donde se hallaron unos 248.000 individuos por metro cuadrado según el biólogo, las cámaras de la represa estaban tapizadas de mejillones dorados, los filtros de las tuberías se obstruían y algunas máquinas se frenaron por sobrecalentamiento.

“Se dice que una parada no programada de una unidad generadora de energía de una central hidroeléctrica de gran escala causa una pérdida de 450.000 dólares por día. La limpieza de cada unidad tarda tres días. Y hay 20 unidades en cada represa”, describió Darrigran.

Pero esta proliferación parece tener escaso impacto en los gobiernos. “Hay países que no hacen nada. Otros que hacen, con buenas intenciones o para figurar, pero en ambos casos lo hacen mal o en forma incompleta”, advirtió el biólogo.

En busca de esa reacción, el abogado ambientalista Enrique Zárate, presidente del Instituto de Derecho Ambiental del Colegio de Abogados de la oriental ciudad de Rosario, coordinó una investigación sobre el impacto de la invasión del mejillón y la presentó en mayo ante el defensor del Pueblo de la Nación, reclamando medidas.

La Defensoría aceptó la propuesta y este mes informó a Zárate que está investigando el tema. “Pidieron informes a Prefectura Naval y a la Secretaría de Ambiente (y Desarrollo Sustentable) y van a estudiar los prejuicios económicos que ocasiona”, dijo Zárate a Tierramérica.

"Es muy auspicioso que se empiecen a encarar estudios económicos porque este mejillón tiene capacidad de frenar plantas potabilizadoras de agua, centrales eléctricas y fábricas", señaló.

Darrigran cree que para obtener resultados se necesita "generar conciencia en la sociedad… para exigir a los gobiernos de la región que actúen en forma coordinada y sustentable".

También habría que fomentar la investigación en medidas de prevención y control y habilitar centros de gestión encargados de realizar esas tareas desde el Estado, pero en forma independiente de los cambios de gobierno, recomendó el biólogo.

Erradicar esta especie invasora es ya imposible, pero se puede convivir con ella bajo un estricto control que desacelere su reproducción y dispersión.

"Queremos que el Estado tome conciencia del problema, que reaccione, y que haya un control estricto porque la remediación es muy difícil”, subrayó el abogado Zárate.

De acuerdo al Grupo de Investigación que lidera Darrigran, unas 3.000 especies se desplazan por el planeta cada día con el agua de lastre, un fenómeno incentivado por la globalización del comercio.

Pueden ser virus, bacterias, algas o invertebrados. Apenas un pequeño porcentaje se convierten en especies invasoras, como el mejillón de agua dulce.

La limnoperna altera la biodiversidad de la región, desplazando especies nativas como los gasterópodos (caracoles) Heleobia piscium y Gundlachia concentrica, que ahora son “accidentales”, según Darrigran.

Las colonias del molusco se adhieren a cascos de buques y embarcaciones pequeñas e incluso se trasladan por tierra en remolques hacia sitios alejados del agua, donde también se han hallado ejemplares.

Así se supone que llegó al lago argentino de Embalse, en la central provincia de Córdoba, que está junto a la Central Nuclear de Embalse. La magnitud del problema se constató cuando el mejillón obturó el sistema de refrigeración del reactor.

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