 | La tranquilidad de la villa Zacarias y de la Laguna de Maricá no refleja las amenazas que viven sus pobladores. Crédito: Mario Osava/IPS | Reportajes Pescadores de Brasil en lucha contra su propia agonía Por Mario Osava
No se puede obligar al pescador a convertirse en
acuicultor, afirma una de las dirigentes de una
campaña para establecer territorios protegidos para
la pesca artesanal en Brasil. "Yo soy pescadora, no
sé hacer otra cosa y no quiero".
RÍO DE JANEIRO, 6 ago (Tierramérica).- Su padre y otros pescadores resistieron con hoces,
azadas y otros instrumentos de trabajo a los
hombres armados del supuesto propietario de los
terrenos que quería desalojarlos. Pero luego
vinieron policías militares y les tumbaron ocho
casas.
La indignación se desbordó con el desalojo de una
familia con cinco hijos paralíticos, “echados al
sol de la calle”, contó Vilson Correa a
Tierramérica. Por suerte, el alcalde local ordenó
suspender la operación y reconstruir las
viviendas, “porque tenía un compadre” en la
comunidad desalojada.
Correa tenía nueve años en aquel 1970, cuando su
casa fue una de las destruidas. Fue su bautismo de
fuego en la lucha por mantener la comunidad
pesquera de Zacarias, en el municipio de Maricá, a
60 kilómetros de Río de Janeiro, ante sucesivos
intentos de desplazarla con amenazas y atentados.
Hoy, como presidente de la Asociación Comunitaria
de Cultura y Esparcimiento de los Pescadores de
Zacarias, fundada en 1943, enfrenta un desafío
arrollador: la construcción de un gran complejo
turístico, residencial y comercial que puede
extinguir el modo de vida tradicional de su
pueblo.
La villa de Zacarias, con sus 100 familias,
ejemplifica la presión que sufren los pescadores
artesanales en Brasil, ampliada en los últimos
años por una expansión económica que se asienta en
grandes proyectos energéticos, logísticos y
turísticos.
Centrales hidroeléctricas que se cuentan por
decenas en algunos ríos y ahora invaden la
Amazonia desplazan poblaciones ribereñas y alteran
la ecología fluvial, quitando condiciones a la
pesca tradicional. Puertos y complejos
industriales y turísticos se instalan en bahías y
otros ecosistemas propicios para la reproducción
de peces y mariscos.
El petróleo, que en Brasil se extrae
principalmente del fondo del mar, es otro verdugo,
no solo por sus frecuentes derrames, sino también
por la extensa infraestructura que exige en
puertos, ductos y embarcaciones.
Ante esa ofensiva contra sus espacios, el
Movimiento de Pescadores y Pescadoras Artesanales
de Brasil, que se organizó en la primera
conferencia nacional del sector en 2009, inició en
junio una campaña por la creación de Territorios
de las Comunidades Tradicionales Pesqueras.
Se trata de recoger 1,38 millones de firmas para
proponer un proyecto de ley que reconozca y
asegure el derecho de los pescadores a un
territorio, que incluya tierras y agua, donde
puedan vivir de su trabajo y su cultura.
Las propuestas de iniciativa popular deben ser
acogidas por el Poder Legislativo cuando cuentan
con apoyo de al menos uno por ciento de los
electores, según la Constitución de 1988. Cuatro
proyectos así presentados ya fueron aprobados.
Al contrario de los indígenas y "quilombolas"
(descendientes de esclavos africanos que viven en
comunidades remanentes), los pescadores no
disponen de una legislación que permita demarcar
un área exclusiva y comunitaria, aunque sus
derechos están reconocidos como uno de los pueblos
tradicionales de este país de más de 192 millones
de habitantes.
El desarrollo que impulsa el gobierno estimula “la
privatización de los cuerpos de agua” y la
acuicultura a escala empresarial, en desmedro de
los pequeños pescadores, observó María José
Pacheco, del católico Consejo Pastoral de los
Pescadores, que apoya el movimiento desde Olinda,
en el Nordeste brasileño.
La pesca tradicional responde, según ella, por 70
por ciento del pescado consumido en este país. Su
defensa es también una cuestión de seguridad y
soberanía alimentaria.
Los territorios de la pesca asegurarían la
“reproducción física y cultural” de las
comunidades pesqueras, en “su lógica de visión de
mundo, de no acumulación, sino de relación
armoniosa con la naturaleza”, dijo Pacheco a
Tierramérica.
En Brasil hay 1,5 millones de pescadores, estima
el Consejo Pastoral, mientras el Ministerio de
Pesca y Acuicultura tenía 853.231 registrados
hasta fines de 2010. Las estadísticas son
precarias, incluso sobre producción pesquera, y
excluyen a muchas mujeres que se dedican a la
actividad, matizó Pacheco.
“Resistir ya es una victoria”, dijo a Tierramérica
la pescadora Marizelha Lopes, del nororiental
estado de Bahía y una de las coordinadoras de la
campaña por los territorios. El petróleo, las
represas y las camaroneras son los grandes
enemigos en el Nordeste.
La cría de camarones se expandió destruyendo
manglares vitales para la vida marina, explicó
Lopes, de una familia de 11 hermanos pescadores en
Isla de Maré, donde “80 por ciento de los 8.000
habitantes” se dedican a la pesca. La isla queda
cerca de Salvador, capital de Bahía y un gran
mercado consumidor.
“No estamos contra el progreso, si no es
excluyente” y si la acuicultura y los grandes
proyectos no imposibilitan la pesca artesanal,
aclaró. No se puede obligar al pescador a
convertirse en acuicultor, dijo. "Yo soy
pescadora, no sé hacer otra cosa y no quiero".
Las reservas extractivistas (Resex), áreas en las
que pueblos tradicionales aprovechan productos
naturales de manera sustentable y limitada, son
una alternativa para los pescadores. Nacieron de
la lucha de los "seringueiros" (recolectores de
caucho natural) contra la deforestación de los
madereros y agricultores.
En Arraial do Cabo, en el norte del estado de Río
de Janeiro, se creó una Resex Marina que beneficia
a 300 familias, destacó el secretario de Ambiente
estadual, Carlos Minc, en respuesta a los
pescadores que lo critican por haber autorizado
proyectos que afectan su actividad.
Pero tanto las Resex como las tierras indígenas y
quilombolas ya demarcadas sufren invasiones de
hacendados y empresas, apuntó José Carlos Feitosa,
un pescador que enfrenta conflictos distintos en
la Amazonia.
Él vive en Aveiro, a orillas del río Tapajós, un
gran afluente del Amazonas, donde el gobierno
piensa construir cinco grandes centrales
hidroeléctricas en los próximos años. “Será la
muerte del Tapajós”, teme Feitosa, miembro de una
colonia de cerca de 2.000 pescadores, cuya
presencia certifica “una cuenca aún abundante en
peces”.
Maricá era el gran proveedor de pescado de la
ciudad de Río de Janeiro hace tres décadas, cuando
entregaba 60 o 70 toneladas por semana. Hoy
difícilmente alcanza cinco toneladas, realzó
Roberto Ferraz, secretario general de la
Federación de las Asociaciones de Pescadores
Artesanales del estado.
Aun así, Correa persiste en la resistencia de
Zacarias que empezó con sus abuelos, antes de
1940, cuando apareció un propietario de la tierra
con documentos oficiales, aunque la comunidad
pesquera vivía allí hacía “tres siglos”, según el
líder pesquero.
La amenaza actual es la construcción de cuatro
hoteles, un conjunto residencial, centros
comerciales y campos de golf e hipismo en la
propiedad conocida como Fazenda São Bento da
Lagoa, que incluye la villa de los pescadores.
El nuevo dueño de la tierra y del proyecto, la
empresa de negocios inmobiliarios IDB Brasil,
administrada por el grupo español Cetya, promete
en su publicidad la “regularización de los
terrenos de la comunidad de pescadores Zacarias” y
mejoras ambientales, como reforestar la zona con
especies nativas y tratar todas las aguas
servidas.
Los pescadores ven en el proyecto una amenaza de
extinción. Y sus aliados ambientalistas temen que
se destruya la biodiversidad de la restinga, el
ecosistema que separa la gran Laguna de Maricá del
mar. * |